Archive for the 'Reseñas' Category



Pamplona 2010

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A Carlos, Jesús, Fermín y Alfonso

 

Al aproximarse en el tren desde Madrid, lo primero que te invade a las afueras de Pamplona, es un inmenso y antiquísimo acueducto romano. Con esa bellísima imagen en la retina, al llegar a la estación, uno no puede sino pensar que todas las cosas en esa hermosa ciudad, fluirán de manera perfecta. Y así es. Mis amigos Carlos Gorricho e Imanol Erkizia me dieron la bienvenida para, en primera instancia, dar un paseo alrededor de las extensas murallas que rodean a la antigua y añeja Pamplona. O Iruña, como se diría en perfecto euskara. Carlos Gorricho es el muy diligente presidente de la Federación de Coros de Navarra, organización que alberga a más de cincuenta agrupaciones de la provincia de Navarra y sus alrededores. Y además, es un excelente anfitrión y organizador. De Pamplona, habría que agregar también que es una ciudad llena de gente amable y simpática que está pendiente de que uno se sienta y coma bien. Eso sí, Pamplona te recibe en esta época del año con una lluvia pertinaz. Famosa por sus Sanfermines, suficientemente espaciosa para albergar a sus poco más de trescientos mil habitantes y repleta de monumentos interesantes. Uno de ellos es su antigua y hermosa catedral, en honor de Santa María, construida durante los siglos XIV y XV, y cuyo actual maestro de capilla, don Aurelio Sagaseta —quien tiene ya casi cincuenta años al frente de la Capilla de Música de la Catedral de Pamplona— tuve el honor de conocer el día de mi llegada. El maestro Sagaseta, con baquiana experticia, nos dio un ilustradísimo paseo por los recovecos de la catedral, sorprendiéndonos a cada paso con las maravillas contenidas en este fabuloso recinto religioso y, con legítimo orgullo y bien pensado suspenso, nos preparó para el asalto final: el salón de ensayo de la Capilla, institución musical que data del siglo XIII y que alberga un invalorable archivo de música con obras hasta del siglo IX, además de contener toda la historia de la Capilla de Música. Luego de despedirnos del maestro Sagaseta, nos preparamos para disfrutar de lo que en Navarra es un acontecimiento social: la buena mesa. Pamplona está repleta de excelentes restaurantes con una oferta gastronómica de primer mundo y tenemos la fortuna de contar con un experto explorador en la materia: Jesús Arrastia. Al día siguiente, luego de un largo y merecido descanso, asistimos al Taller de Música Coral, evento anual que organiza la Federación de Coros de Navarra y que en esta ocasión congregó a más de sesenta participantes provenientes de diferentes lugares de la provincia y del Coro de la Federación, quien también lidera nuestro querido amigo Gorricho. En cuatro jornadas de trabajo, dos para el sábado 8 de mayo y dos para el domingo 9, transcurridas en la hermosa sede del Orfeón Pamplonés, institución que ya alcanza más de ciento cuarenta y cinco años, trabajamos las siguientes obras: O magnum mysterium (César Alejandro Carrillo), Encuentro (César Alejandro Carrillo y Fernando Paz Castillo), Alfonsina y el mar (Ariel Ramírez y Félix Luna, arr. Hugo César de la Vega) Corazón coraza (Beatriz Corona y Mario Benedetti) My Lord, What a Mourning (Negro spiritual, arr. William Levi Dawson) y San Juan to’ lo tiene (Eduardo Serrano, arr. César Alejandro Carrillo). Fue para mí, como para todos los entusiastas y ávidos participantes, una experiencia muy vital y enriquecedora, en un ambiente de cordial camaradería e impregnado siempre de buen humor. De ella me llevo un grato e inolvidable recuerdo, no sólo por las vivencias musicales sino también por la intensa relación establecida con Pamplona y con unos nuevos, inolvidables y entrañables amigos. ¡Hasta la próxima, Pamplona!

VOCAbuLarieS. Bobby McFerrin (2010)

¡Bobby lo hizo de nuevo!

¿Qué más se puede decir del genio indiscutible de Bobby McFerrin? ¡Pues, es muy difícil! Luego de una multifacética y siempre solvente carrera de más de treinta años en el asunto como cantante, director y compositor, McFerrin no ha perdido nunca la habilidad de asombrarnos cada vez. Y en esta oportunidad, el gran gurú, no sólo de la música vocal sino de La Música en general, nos ha sorprendido nuevamente con su último álbum VOCAbuLarieS. El universo sonoro que McFerrin comenzó a explorar con Medicine Music (1990) y Circle Songs (1997), se amplia en este nuevo álbum, pleno de sonoridades corales y orquestales que rayan en algunos momentos con el Impresionismo, con la música del lejano oriente, la árabe, la africana, la música de Europa del este y pare usted de contar. Con la colaboración inteligente del compositor, arreglista y productor Roger Treece y de cincuenta cantantes de diversas partes del planeta, los cuales fueron grabados uno por uno y en pequeños grupos para conformar un coro virtual, y con una capacidad para recrearse y recrearnos constantemente, lo cual no es nada fácil, McFerrin nos brinda una música que, en definitiva y desde hace mucho rato, ya no tiene nada que ver con los cánones de la música comercial. Lejos quedaron los días de Don’t worry be happy. Bobby McFerrin, diez veces ganador del Grammy, ha trazado y sigue trazando los nuevos derroteros, el nuevo Camino de Santiago para la música vocal sin fronteras del siglo XXI. Ahora bien, así se lo habrá pensado Bobby ocho largos años, porque en todo este tiempo nos hemos estado preguntando: ¿cuándo y con qué nos sorprenderá nuevamente? Pues bien, la respuesta se ha hecho esperar y la recompensa ha sido con creces, un álbum repleto de ideas originales y que a medida que vamos avanzando en su audición nos hace preguntar ¿y ahora, qué vendrá?

 

 

Entrevista en la revista «Sala de espera»

Comparto con ustedes esta entrevista publicada en la edición de noviembre (2009)

 

 

MI RELACIÓN CON EL DIOS CRISTIANO ES A TRAVÉS DE MI MÚSICA SACRA

Viernes, 06 de Noviembre de 2009

 

 

César Alejandro Carrillo hace del canto un misterio audible entre sus coros. Cree que cantar es un acto de amor. Con la fundación de Cantarte en 1991, se propuso difundir la música religiosa a capella. Próximamente, obsequiará 35 minutos de música vocal pura en los que reproducirá, nuevamente, el «Magnificat» del estoniano Urmas Sisask

Por Lorena Briedis

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El viento empuja el silencio y lo enreda en las palmeras de la Universidad Central de Venezuela. Ellas lo reciben y muy erguidas emulan una tonada de lluvia que se escucha desde una oficina al lado de la sala de ensayos del Orfeón Universitario, que César Alejandro Carrillo dirige. Custodian el cubículo las fotografías de Vicente Emilio Sojo, Evencio Castellano —autor del himno del Alma Mater—, Vinicio Adames y Antonio Estévez —fundador del grupo coral—. En los jardines, los estudiantes presencian el aguacero sin mojarse, con los paraguas cerrados, porque el silencio sobre las palmeras es sólo eso, música, una catástrofe inofensiva.

«¿Está lloviendo, verdad?» pregunta aquel maestro sencillo, casi monacal, a quien también lo había confundido aquella sonata. Silencio, viento, palmas, lluvia… ¿En cuántas gargantas no habrá él hecho posible un milagro semejante? ¿Qué tipo de fe le permite a un hombre penetrar tal misterio? «Dios está allá afuera, con los árboles», dice desde su oficina mientras cree que llueve. «Yo veo la religión de otra manera. Yo creo que está en la naturaleza y con el semejante». Para el director del Orfeón Universitario, su arte es su oración. «Mi relación con el Dios cristiano es a través de mi música sacra». Lo dicen sus ojos claramente y sin sermones en la transparencia fontanal de sus lentes. Lo dicen sus manos, que han repartido la música de sus coros como el pan y la han multiplicado entre sus voces como peces.

Los primeros movimientos de la dirección coral los descubrió intuitivamente a los 17 años, en los colegios de monjas. En Guarenas, cinco años atrás, ya había aprendido mucha de la carpintería de la interpretación musical con un conjunto de gaitas que él y algunos amigos de su cuadra improvisaron, pero que sobrevivió varios años más que el edificio que les dio nombre, Charaima, el cual, tal y como recuerda, se había caído «como un cerro de panquecas» en el terremoto del 67.

Pero un autobús, en tantos ires y venires de la casa al liceo y del liceo a la casa, lo atrajo a nuevas amistades y, finalmente, lo sorprendió con una ruta inesperada, Grupo Vocal Gesta, un quinteto de música popular venezolana y latinoamericana cuya experiencia le dio sintonía a Carrillo para inscribirse en la Escuela Superior de Música José Ángel Lamas. Allí estudió teoría y solfeo, dictado musical, armonía, violoncelo e historia de la música: esos fueron sus primeros votos.

Sin embargo, el llamado de ese buen dios que está en la música como en todas las artes estremeció a Carrillo durante su infancia a los 5 ó 6 años, en Higuerote, en casa de su abuela materna, donde solía ir de vacaciones a pescar y a bañarse en el río. Aquel llamado era el sonido nocturno y palpitante de los tambores de Barlovento. «Yo me quedaba despierto. No dormía porque quería escucharlos. Ése creo que es el recuerdo musical más remoto que tengo. Ese sonido siempre está allí y a veces vuelve». A partir de entonces, quedó suspendido en ese embrujo insomne que fue para él la música.

César Alejandro quiso seguir aquellos pálpitos trepidantes de los tambores de Barlovento, quiso escribirlos, recrearlos y transformarlos con el deseo de quien tiene en sus manos una piedra maleable en la que intuye las dimensiones de una catedral. Así supo que quería ser compositor, quizá, para salvar las claves de aquella fantasía musical de la infancia que aún lo recorre. De modo que estudió dirección y composición. La primera, en el Instituto Universitario de Estudios Musicales (Iudem); la segunda, en la Escuela José Lorenzo Llamozas, bajo la tutoría de quien considera su maestra, Modesta Bor.

«El compositor —testifica Carrillo— puede escuchar melodías que no existen. Yo puedo imaginar música y luego verificar en el piano que lo que estoy oyendo existe. Yo creo que es parecido a lo que le puede ocurrir a un pintor cuando imagina los colores de un cuadro y luego los va modificando en el lienzo». Silencio. Mucho silencio. Luego un viento inspirador que lo empuja sobre las ramas de los árboles, sobre las palmeras de nuestro trópico. César Alejandro Carrillo pudo haber imaginado aquella melodía en el tráfico, en un vagón del metro y luego colocarse delante de alguno de sus coros y haber confirmado que la lluvia existe. «Esa audición interna la logras con el tiempo; el poder escuchar música sin música», lo asegura en la evocación de esa clausura interior que es el silencio, del que han nacido composiciones que lo han hecho merecedor del Premio Municipal de Composición en cinco oportunidades (1984, 1988, 1992, 1998, 2000) y del Premio Nacional de Composición en dos (1982, 1991).

La música de Carrillo viene de la noche, de las emociones, de la necesidad de conmover al público y de comunicarle algo. «Hay gente que va pasivamente a los conciertos. Ése es el final del arte, cuando la gente no se involucra porque, entonces, el hecho comunicacional no se completa». Muchas de las composiciones provienen de un embrión poético, de algún texto que reescribe luego sobre un pentagrama con los jeroglíficos vibrantes del alfabeto musical. Carrillo considera que su mejor pieza es la que siempre está por hacer y que, cuando un compositor se sienta a desarrollar una obra, debe seguir el evangelio del argentino Astor Piazzola: «Él decía que uno tiene que componer para sí mismo. Y es cierto. La satisfacción personal es suficiente, pero para eso hace falta ser muy autocrítico». Además de dedicarse a la composición y a la dirección coral, Carrillo ha sido arreglista de grupos como Serenata Guayanesa y, actualmente, trabaja también como tal para Bolanegra, conjunto vocal dedicado a la música popular del cual es también fundador e integrante.

«Huele a corcho», advierte y abre el aula de ensayo del Orfeón Universitario con las llaves que le han confiado cuarenta años de dedicación musical. César Alejandro Carrillo ha escuchado y ha hecho cantar en esa sala desde el año 1992, cuando comenzó como asistente de dirección de la coral ucevista, presidiéndola no sólo en Venezuela sino en el resto de América y de Europa, así como en la remota Asia.

Afuera redobla el aguacero artificial en las palmeras. «Al hacer música, el hombre se aproxima a la naturaleza, al entorno que lo rodea. Cantar es una forma de conectarse con el otro y consigo mismo. Es un acto de comunión», testifica. De salida, antes de cerrar la sala, hace notar un cuadro de Onofre Frías con un epígrafe de Eugenio Andrade: No oigas el ruiseñor. O la alondra. Es dentro de ti donde toda música es ave. Ése es el sacerdocio de César Alejandro Carrillo: escuchar esas aves profundas y hacerlas cantar en otros hombres. Así también se ora.

El domingo 29 de noviembre, a petición del público, Carrillo obsequiará 35 minutos de música vocal pura en los que reproducirá, nuevamente, el «Magnificat» del estoniano Urmas Sisask en la Iglesia del Colegio María Auxiliadora en Altamira, a las 5 pm. Y el sábado 5 de diciembre, en el mismo lugar y a la misma hora, bautizará el último disco de Cantarte, Totus tuus, y ofrecerá un repertorio de algunas de las piezas marianas que componen el trabajo con las que también ha querido elevar una oración enamorada.

 

Fotografía: Laura Morales Balza


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