Archivo para 5 noviembre 2010

La vida con Modesta (y III)

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Con Modesta aprendías o te ibas. Para ella el arte de la composición no admitía medias tintas. Siempre citaba a su gran maestro Vicente Emilio Sojo: «Por sus bajos los reconoceréis», con lo cual el maestro quería significar que los grandes compositores escribían buenas líneas para el bajo. Sojo estaba omnipresente en nuestras vidas, porque incluso en la sala de espera de la Dirección de Cultura de la Universidad Central de Venezuela, donde Modesta trabajaba como Jefe del Departamento de Música, había un enorme retrato del gran maestro. A veces Modesta nos mostraba sus cuadernos de apuntes de composición, donde atesoraba con celo, pero con desprendimiento, los conocimientos recibidos de la mano experta del maestro. Estas enseñanzas eran el fundamento y la base de lo que Modesta nos regalaba en cada clase, lo que me hacía sentir que estábamos en una especie de cadena histórica de la que heredábamos los más secretos tesoros del arte de escribir música y a la cual teníamos la fortuna y el honor de pertenecer y, al mismo tiempo, el deber de continuar esa tradición. Pero a la vez también sentíamos que éramos herederos de nuestro presente y de nuestro tiempo y, por lo tanto, era inevitable que incorporáramos todo lo que oíamos a nuestro alrededor: jazz, salsa, rock y cualquier otra cosa de la que estuviésemos infectados. Nuestras tareas académicas se impregnaban de las influencias externas a la clase y a la vez nuestros arreglos de música popular eran presa de todos los recursos académicos que aprendíamos de Modesta. Es bueno acotar en este momento, que formalmente estábamos en una clase de composición, pero en su desarrollo recibíamos toda clase de enseñanzas y valores: disciplina y responsabilidad, ética, solidaridad y humildad, amor por la poesía y sobre todo por nuestra música, entre muchas otras cosas.

En cuanto a la disciplina y la responsabilidad, hay que decir que Modesta llevaba una bitácora de la clase, lo que ella llamaba el «Libro Negro». Allí anotaba, con lujo de detalles, la evolución del alumno: Fulano trajo dos contrapuntos de cuarta especie; Mengano, dos trocados de fuga; Zutano y Perencejo, el primer movimiento de una suite; y así sucesivamente. También agregaba sus comentarios sobre el trabajo, si le parecía bien, o no. Si uno no había cumplido con la tarea, era mejor no asistir a clases. Aprender con Modesta era un verdadero placer, pero ello conllevaba un gran deber. En cuanto a la ética, recuerdo una clase en la que un alumno más avanzado estaba presentando su trabajo. Modesta le preguntó por qué había resuelto un pasaje de tal manera, a lo que el alumno respondió que lo había hecho así porque le gustaba. Modesta argumentaba que uno no podía responder de esa manera, que uno debía tener razones convincentes para explicar sus procedimientos, sobre todo porque más adelante nosotros podíamos estar en la misma posición que ella, es decir, la posición de docente. De ahí en adelante se estableció una fuerte diatriba relacionada con la ética que debía tener un artista, un creador. Y a tal nivel llegó la discusión que para zanjar el asunto Modesta le pidió al alumno, muy indignada, que no volviera más a su clase. Para todos nosotros, que conteníamos la respiración ante aquella decisión, fue una lección muy dura, pero a la vez muy comprometida con los postulados estéticos que debía tener un artista. Una lección que siempre he tenido en cuenta al momento del proceso creativo, de allí que he sido muy autocrítico con mi obra. Ciertamente, los compositores trabajamos con una materia de contenido altamente subjetivo, pero también es cierto que toda nuestra carga de subjetividad en el proceso creativo debía ser tamizada por los procedimientos objetivos que aprendíamos en clase. Por ello siempre tengo presente un postulado del compositor cubano Leo Brouwer: Escribe primero; después corrige.

En cuanto a la solidaridad y la humildad, la mejor muestra nos la dio Modesta misma. Hubo un momento en nuestro tránsito por la Escuela José Lorenzo Llamozas, en que quizá por un descuido, por un error o, como suele ocurrir, por un mal entendido, tres de los alumnos fuimos expulsados de la escuela. Fue así como, de la noche a la mañana, Milton Ordóñez, Oscar Galián y yo, nos quedamos fuera de la escuela y de la clase de composición. Modesta, como madre celosa de sus hijos, resolvió el asunto renunciando a la cátedra de composición de la escuela y decidió continuar sus clases, sin recibir un centavo por ello, en uno de los salones de los sótanos del Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela. Nuestros otros compañeros, a pesar de estar solventes, decidieron también continuar con Modesta en la «nueva cátedra». En esos espacios estuvimos dos años aproximadamente, hasta que el maestro Felipe Izcaray asumió la dirección de la escuela y todos pudimos volver a nuestro antiguo salón de clases en la Llamozas. Tal muestra de solidaridad y desprendimiento de parte de Modesta y de nuestros compañeros es muy difícil de olvidar.

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Imágenes cortesía de Rómulo Nicolás Bor

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Modesta también era una persona muy desprendida y siempre tenía algo más para un alumno: un libro de poesías, un tratado de armonía o contrapunto, un libro de partituras. También abría generosamente las puertas de su casa para compartir, más allá de las paredes académicas, un rato de solaz y de compañerismo. Fueron muchas las Navidades parrandeando en casa de Modesta y sus hijas Lena, Liliana y Yamila, tocando y cantando todos los aguinaldos que nos sabíamos. Y si no los sabíamos los aprendíamos allí mismo con dos o tres pasadas. Ahí, en un ambiente de total camaradería, coincidíamos alumnos de todos los niveles de su clase de composición, refrendando lo que nos inculcaba en clase: el amor por el aguinaldo y las tradiciones navideñas venezolanas. Retomando el hilo y como decía más arriba, nuestra clase era muy diversa en la enseñanza y el aprendizaje. Eso sí, siempre existía un rigor en el orden de la clase, primero el deber y después el placer. Dentro de ese ambiente de responsabilidad existía siempre el momento para el chiste, la anécdota y la cosa graciosa. Porque hay que decir que Modesta siempre hacía gala de un gran sentido del humor. Así que entre rigor y disciplina siempre se generaba un momento de solaz y esparcimiento. Al final de la clase, luego de revisar todas las tareas asignadas, nos dedicábamos a la parte del placer: tomar café, fumar un cigarrillo y revisar los arreglos corales que cada uno llevaba con gran expectativa. Modesta nos inculcó, desde el principio, que teníamos una gran responsabilidad con la música venezolana y que por lo tanto era importante que hiciéramos arreglos de música popular y que, en lo posible, compusiéramos aguinaldos, nuestro tradicional género navideño. De esa época con Modesta nacieron Partamos a Belén y La llegada de los Reyes, mis dos primeros aguinaldos. La mayoría de nosotros, directores de coro, esperábamos ansiosos ese momento de ver y corregir los arreglos, puesto que de allí íbamos a montarlos en nuestros coros. Por el atril del piano del salón desfilaron aguinaldos, valses, merengues, gaitas, joropos y también otros géneros latinoamericanos, los cuales, valga la pena acotar, no eran tocados al piano, sino cantados a primera vista por los alumnos de la clase de composición, con letra, dinámica y todo. Modesta siempre cantaba la voz de contralto y todos los demás nos repartíamos el resto de las voces. Esa práctica nos dio un gran nivel de lectura a primera vista, lo que no tiene precio. Otro de los requerimientos que nos pedía Modesta era que tocáramos al piano nuestros trabajos académicos, lo que implicaba que tenías que aprender a tocar. Aún recuerdo con mucha admiración a dos personas que podían tocar a primera vista lo que le pusieran en el atril del piano. Una de ellas era la misma Modesta, la otra era mi también muy querido y recordado amigo Miguel Ástor.

Y debo detenerme aquí puesto que de continuar sería interminable. Con el tiempo, ella pidió su jubilación de la Universidad Central de Venezuela y, en procura de un ambiente más propicio para su delicada salud, se mudó a Mérida, lo que conllevó a la desaparición de su cátedra de composición en Caracas. Ensamble 9, en una de sus etapas más fructíferas, llegó a ensayar en el mismo salón donde recibíamos sus clases, lo que significó para mí una especie de continuidad física con ella. Por mi parte, yo también me alejé de Caracas y me mudé a Barinas para fundar el coro de la Universidad Nacional Experimental Ezequiel Zamora. Allí permanecí alrededor de cuatro años. Nuestro contacto siempre fue permanente pero a la vez se hizo más intermitente en virtud de la distancia. Luego de su mudanza a Mérida nos vimos en algunos eventos, siendo el más importante de ellos, el Primer Festival Nacional de Coros de Cámara “Homenaje a Modesta Bor”, que organizó Cantarte en 1996 para celebrar sus primeros cinco años de actividad. En ese festival estrenamos Oiga compae, un preludio y fuga compuesto a la usanza de lo que había aprendido y que está dedicado a ella. Era lo más justo que yo podía hacer: retribuir con honor todo lo que ella me había dado. Son tantas las experiencias vividas a nivel académico, profesional y sobre todo, humano, que no me daría abasto dándole gracias a la vida y a Modesta. A Modesta Bor.

 

 

Imágenes del archivo de la Fundación Modesta Bor. En la fuente no encontramos referencias del fotógrafo. La imagen de la derecha es la portada del disco «Genocidio» de Modesta Bor, editado en 1999 por la Fundación Vicente Emilio Sojo, con la Orquesta Filarmónica Nacional bajo la dirección de Pablo Castellanos.

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