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El madrigal y la canción coral venezolana

El madrigal y la canción coral venezolana constituyen el grueso del repertorio del siglo XX. La aparición de estos géneros en el escenario musical venezolano delineará los fundamentos de la música moderna de nuestro país desarrollada en el siglo pasado, ejerciendo su influencia aún hasta el presente.

[La siguiente es una versión editada de un artículo originalmente publicado en el No. 46 de la Revista Musical de Venezuela, 2009]

Introducción

El repertorio coral venezolano del siglo XX, tal como lo conocemos hoy, apenas tiene una historia que abarca entre setenta y cinco y noventa años, por lo que no es mucho lo que hay que contar acerca de ellos, constituyendo el grueso de este repertorio, la música profana expresada a través del madrigal y la canción coral venezolana. En una medida mucho menor, podemos hablar de la música sacra y del género sinfónico-coral. Sin embargo, la aparición de estos géneros en el escenario musical venezolano es de una importancia capital, la cual delineará los fundamentos de la música moderna de nuestro país desarrollada en el siglo XX. El origen y desarrollo del madrigal venezolano está indisolublemente ligado a dos eventos de la vida del país. El primero, la creación del Orfeón Lamas, institución coral señera fundada por el maestro Vicente Emilio Sojo, Juan Bautista Plaza y José Antonio Calcaño en 1930, y que por más de treinta años de fecunda labor, sirvió de vehículo de expresión de lo que hoy conocemos como madrigales venezolanos. El segundo evento, la cátedra de composición que por casi treinta años regentó el maestro Sojo y que serviría de semillero para la gran cosecha de obras que engrosaría tan rico repertorio

Un poco de historia

A fines de 1927, estuvieron de gira por Caracas los famosos Coros Ucranianos, conjunto de hombres que con trajes típicos se presentaban en los teatros cantando y bailando los exóticos ritmos rusos. Estos coros despertaron un gran interés entre los jóvenes músicos de aquel entonces. Emilio Calcaño, flautista y pianista, trabó amistad con los ucranianos y se le ocurrió pedirles prestado uno de sus trajes típicos para copiarlo, con el fin de armar una comparsa para los carnavales del año siguiente. Acompañaban a Emilio, su hermano José Antonio, Vicente Emilio Sojo, Juan Bautista Plaza, Miguel Ángel Calcaño y William Werner. Dicha comparsa salía por las noches a visitar casas de familiares y amigos, donde daban verdaderos conciertos. Dice Ana Mercedes Asuaje de Rugeles en su texto Antología del madrigal venezolano: «Desde ese momento, estimulados por la euforia de tantos amigos que los escuchaban y aplaudían, decidieron seguir cantando en coro, pero ahora en serio y con un plan de trabajo a realizar. Empezaron las reuniones donde se discutía sobre el proyecto, se alternaban opiniones, se hacían consultas, hasta que se llegó a la conclusión de iniciar un movimiento creador de música coral venezolana y formar un coro que la interpretara. La noticia corre y a los fundadores se agregan otros compañeros músicos, hombres y mujeres. Se reunían por las noches en las casas de ellos mismos para ensayar lo que escribían los compositores del grupo. Frescas las partituras, cálido y fervoroso el nuevo mensaje».

De la mano de lo que se ha dado en llamar la Santísima Trinidad de la música venezolana de aquel entonces, Vicente Emilio Sojo, José Antonio Calcaño y Juan Bautista Plaza, comenzó a brotar un caudal de canciones para el nuevo coro: Por la cabra rubia y Laetitia, del maestro Vicente Emilio Sojo; Evohé, de José Antonio Calcaño; Sendas de la tarde, de Juan Bautista Plaza, y Coplas de campo en abril, de Moisés Moleiro, quien se sumaría al grupo más tarde, serían algunas de las primeras obras compuestas para aquella importante agrupación. Algunos de los poetas musicalizados en esta primera cosecha: el nicaragüense Rubén Darío, los venezolanos Enrique Planchart, Fernando Paz Castillo, Julio Morales Lara.

Quizá en ese momento, los impulsores del nuevo proyecto no sospechaban la magnitud que éste tendría para el posterior auge y desarrollo del movimiento musical venezolano. Sin caer en falsos nacionalismos, esta tarea significó darle al escenario musical venezolano, un impulso y un empuje vitales para su posterior desarrollo, luego de un prolongado letargo, ya que no sólo se interpretarían obras de compositores nacionales sino que también se llevarían al pentagrama, el caudal de versos de nuestros mejores poetas: a los ya mencionados Paz Castillo, Morales Lara y Planchart, se sumarían las voces de Jacinto Fombona Pachano, Rafael Borges, Alberto Arvelo Torrealba, Manuel Felipe Rugeles, Luis Barrios Cruz y tantos otros. De igual modo, las canciones se nutrían de temas populares y folclóricos tradicionales.

Por otro lado, el maestro Vicente Emilio Sojo, como responsable de la Cátedra de Composición de la Escuela de Música y Declamación, más tarde Escuela Superior de Música José Ángel Lamas, llamada también Escuela de Santa Capilla, asumió la tarea de animar a sus alumnos de composición a que crearan obras para ser cantadas por el Orfeón Lamas. Podríamos decir que el repertorio de canciones llegaba a las manos de los coristas aún con la tinta fresca. Y podríamos decir también, que se formaba una especie de círculo virtuoso: Sojo, director del Orfeón Lamas; Sojo, profesor de la Cátedra de Composición; Sojo, Plaza, Moleiro y Calcaño, contribuyentes al repertorio de la agrupación; los alumnos de Sojo, que con la guía de su maestro, más adelante contribuirán a engrosar el repertorio y a su vez, integrarán, muchos de ellos, el Orfeón Lamas. Entre los alumnos que formarán una nueva generación de compositores y que también harán filas en el Orfeón Lamas podemos mencionar: Ángel Sauce, Antonio Estévez, Evencio Castellanos y Antonio Lauro. Más tarde se unirán, entre otros, Inocente Carreño, Gonzalo Castellanos y Modesta Bor.

Un aspecto de fundamental importancia para la difusión y conocimiento de este repertorio, fue la publicación, entre 1954 y 1967, y por iniciativa del mismo maestro Sojo, de cuatro cuadernos de música coral, los cuales contienen un total de sesenta y seis composiciones, pertenecientes a veintitrés músicos venezolanos. Estas publicaciones son, desde un punto de vista musicológico, uno de los pocos documentos que preservan parte del vasto repertorio, que entre obras religiosas y profanas, sobrepasa los seiscientos títulos. Es una verdadera lástima que dichos cuadernos, después de cincuenta años de la publicación del primer volumen, no hayan sido reeditados para el consumo, estudio y disfrute de las nuevas generaciones, lo cual evidencia la carente visión que existe en materia de difusión de nuestro acervo musical.

Son muchas las virtudes que se pueden destacar y que concurren en una de las más felices horas de la escena musical venezolana y del movimiento coral en particular, siendo la más importante de ellas, el liderazgo y la visión de futuro, el tesón y la entrega, la intuición e inteligencia del maestro Vicente Emilio Sojo, quien dedicó hasta el final de sus días, su esfuerzo y su empeño en la formación de nuevos compositores. Dice Oscar Mago en su libro Sojo, un hombre y una misión histórica: «Sin Vicente Emilio Sojo, la música en Venezuela hubiese sido algo muy distinto. Existirían compositores, quienes se hubiesen destacado por su talento individual, pero nunca se habría creado una auténtica escuela de composición dotada de unidad y una visión estilística común». Con la muerte de Vicente Emilio Sojo se cierra un ciclo y una escuela compositiva en el quehacer creativo musical venezolano, ya que no han sido muchos, de entre sus alumnos, los que se han dedicado, de una forma tesonera, a la enseñanza de la composición. Una de estas excepciones fue Modesta Bor, quien regentó durante buena parte de los años setenta y ochenta, la cátedra de composición de la Escuela de Música José Lorenzo Llamozas. De entre sus alumnos se han destacado como creadores de una numerosa obra coral: Miguel Astor, Milton Ordóñez, Oscar Galián y César Alejandro Carrillo, todos ellos, además, cultivadores de una ingente cosecha de arreglos de música popular. Mención aparte, Gilberto Rebolledo, quien predomina más bien por su labor como arreglista. Estos compositores, con estilos bien definidos, han incorporado elementos de la música urbana y contemporánea a sus composiciones. Otro compositor que ha realizado una obra interesante, es Francisco Zapata Bello, de quien podemos citar El mar con poesía de Vicente Aleixandre.

Rasgos estilísticos

En una primera etapa, el corpus del repertorio de madrigales venezolanos se distinguió por poseer fuertes rasgos nacionalistas, pero también una marcada influencia del madrigal italiano por el uso del contrapunto imitado, pero de una manera muy libre. En síntesis, los compositores de aquel entonces lograron mezclar las técnicas de composición europeas con elementos poéticos y musicales tomados de nuestras tradiciones y de nuestro folclore.

Enumerar aquí el repertorio de canciones y madrigales compuestos en los primeros años del Orfeón Lamas, excedería los breves límites de este trabajo. Sin embargo, podemos destacar, en una vena muy poética, Laetitia y Canción otoñal, de Vicente Emilio Sojo; Sendas de la tarde y Rosas frescas, de Juan Bautista Plaza; en un tono casi épico, Evohé de José Antonio Calcaño; Coplas de campo en abril de Moisés Moleiro. De índole más tradicional e incluso picaresca, podemos citar Por la cabra rubia, de Vicente Emilio Sojo, considerada como la primera canción compuesta a capella para el Orfeón Lamas por compositor alguno; El curruchá y La picazón, de Juan Bautista Plaza; El compae Facundo, de Moisés Moleiro. Muchas de estas obras son repertorio obligado de nuestros coros.

Estos cuatro compositores formarían el primer grupo de creadores de lo que actualmente se llama Escuela de Madrigalistas. Es obvio que uno de los motivos, mas no el principal, por el cual estos compositores se dieron a la tarea de escribir, era la poca disposición en el país de un repertorio para este tipo de agrupación. Sin embargo, lo más importante era la creación de un arte musical nacional que pudiese distinguir a Venezuela como un país con personalidad propia. Como ya se ha mencionado, esta primera generación de compositores surge para satisfacer esa inquietud, impulsándolos a la creación de numerosas obras y a la formación de nuevos compositores, lo que más tarde se constituirá en nuestra Escuela Nacionalista. A esta generación le siguió una segunda, también de hondo corte nacionalista. Podemos mencionar, entre otros, a Eduardo Plaza, Ángel Sauce, Evencio Castellanos y Antonio Estévez. Más tarde, Antonio Lauro e Inocente Carreño. A una generación posterior pertenecen Gonzalo Castellanos Yumar, Modesta Bor y Federico Ruiz, los cuales incorporarían nuevas estructuras armónicas, rítmicas y melódicas, sin abandonar los postulados estéticos fundamentales. De Eduardo Plaza podemos mencionar sus hermosos Soneto y Nocturno. De Evencio Castellanos el bucólico madrigal El bambú, aparentemente su única obra coral a capella. De Antonio Estévez, Mata del Ánima Sola, de honda raigambre nacionalista, Despertar y Canción de la molinera. De Antonio Lauro, Allá va un encobijado y El arreo. De Inocente Carreño, Pregúntale a ese mar, El sauce y el arroyo y Gota de breve rocío. De Gonzalo Castellanos, Al mar anochecido y Cancioncilla de Floraligia. Finalmente, de Modesta Bor, Regreso al mar, El pescador de anclas, La mañana ajena y Velero mundo. De Federico Ruiz, El santiguao. Algunos de estos compositores han tenido la fortuna, porque no se puede decir de otra manera, de que su obra o parte de ella haya sido publicada y/o grabada en algún momento.

Interpretación

Al margen del incalculable valor que posee este repertorio como parte integrante de nuestra cultura nacional, hay que destacar el hecho de la escasa cantidad de indicaciones en las partituras. Muchas de ellas no poseen ninguna, ni de tempo, ni de dinámica, salvo indicaciones de carácter, lo cual ya es algo importante; dejando esta responsabilidad al libre albedrío del intérprete. Es posible que hubiera, en aquel entonces, una práctica para la ejecución de este repertorio. Lamentablemente, no conocemos ningún documento acerca de dicha práctica. Creo, en nuestra condición de compositor y director que, si bien todos estos creadores realizaron una obra musical inscrita en una estética común, dicha comunión de estilo también debería conservarse a la hora de la interpretación. Y esto tan sólo se puede lograr cuando, además de las notas y el texto poético, contamos con el pensamiento del compositor en torno a cómo debe ser interpretada su obra. Sólo podemos confiar en la labor concienzuda e inteligente del director-intérprete al momento de analizar estas composiciones. Sólo un análisis profundo de las líneas melódicas, de los recursos armónicos y contrapuntísticos, y de la psicología y el carácter del texto poético, nos dará una aproximación de lo que podemos y debemos interpretar en cuanto a tempo e intensidad general de la obra. No ocurre así con lo particular: también gran parte de este repertorio carece de indicaciones de articulación. Y este es el terreno donde más peligro corre el acto interpretativo de una obra carente de indicaciones, ocasionando que cada director haga su «versión personal» (Sobre este asunto, ya hemos escrito suficiente en «Qué es interpretar (Consideraciones muy personales)»).

También es importante señalar la distinción entre madrigal y canción coral. Realmente, en el sentido estricto de la palabra, no son madrigales; sólo que participan de algunos de los recursos de este género, tan cultivado en Europa durante el Renacimiento. Muchas veces se les denomina de la misma manera, siendo ambas de forma y estructuras diferentes. Por lo general, el madrigal venezolano tiene una forma muy libre, hace uso del recurso imitativo a lo largo del discurso en alternancia con momentos homofónicos. La canción coral, en cambio, es preponderantemente estrófica y tiene una forma que con mucha frecuencia responde al formato AB. Otras obras evidencian una forma ABA, como en El pescador de anclas o Velero mundo, de Bor. Un buen ejemplo de madrigal venezolano sería Rosas frescas de Juan Bautista Plaza. A veces la obra participa de ambos estilos, como en Pregúntale a ese mar: trozos imitativos y otros estrictamente homofónicos. Es importante destacar estas diferencias, ya que de ellas dependerá la correcta interpretación del discurso. No es lo mismo cantar una obra que está estructurada en tres o cuatro secciones claramente diferenciadas, como Canción otoñal de Vicente Emilio Sojo, que cantar otra que también tiene tres, pero cuya tercera parte es una repetición de la primera (ABA).

Principales cultores

Es posible que, debido a la ausencia de indicaciones, actualmente este repertorio sea poco interpretado en nuestro país. También es cierto que una buena parte del cancionero madrigalístico venezolano exige una formación vocal y musical sólida y un alto nivel artístico tanto del coro como del director. En líneas generales, se podría decir que la mayoría de los coros venezolanos ha interpretado alguna vez un madrigal venezolano. Es probable que, debido a la naturaleza de muchos de estos conjuntos, el madrigal venezolano no se haya constituido en el grueso de sus repertorios. Sin embargo, ha habido un selecto número de agrupaciones que ha sabido cultivarlo a través de todos estos años. Entre ellas podemos mencionar, además del ya citado Orfeón Lamas, al Orfeón Universitario de la Universidad Central de Venezuela, quien desde el año 1943 lo ha mantenido, hasta el día de hoy, en sus repertorios. De hecho, el Orfeón Universitario no sólo ha servido como intérprete regular del madrigal venezolano, sino que en muchas ocasiones ha tenido la responsabilidad, no sólo de ser dirigido por los mismos compositores, sino de haber estrenado un buen número de sus obras. Otra agrupación que se ha destacado en el cultivo y la difusión del madrigal venezolano, es la Schola Cantorum de Caracas, bajo la dirección del maestro Alberto Grau, su fundador. En diferentes épocas, la Schola ha dedicado gran parte de su programación al madrigal venezolano. El desparecido Coro de Cámara de Caracas, fundado y dirigido por Felipe Izcaray, también hizo del madrigal venezolano parte integrante de su repertorio. La Coral Venezuela, fundada por el maestro Ángel Sauce, también ha dedicado esfuerzos en este sentido, particularmente con la obra de su fundador. Otra agrupación que se destacó en el quehacer coral venezolano, tanto por sus interpretaciones como por su énfasis en el cultivo de este género fue Madrigalistas Vicente Emilio Sojo, fundado y dirigido por el maestro Ugo Corsetti. Del nombre de este coro, lamentablemente desaparecido, se infiere la responsabilidad artística que se había trazado desde sus comienzos. También la agrupación Polifonía, bajo la dirección de Nazyl Báez Finol, ha hecho una gran contribución en la difusión de este repertorio. El Polifónico Rafael Suárez, fundado por María Colón de Cabrera, también ha incluido un buen número de estas obras en su repertorio.

Preservación y difusión

Como ya se dijo anteriormente, tan sólo un reducido número de estas obras ha sido publicado. Otro número de obras han podido ser cantadas gracias a la ya conocida práctica de fotocopiar los manuscritos que, si bien ayuda a difundir las obras, atenta contra el legítimo derecho de su autor. Muchas veces ha sido éste mismo quien ha tenido que violar su propio derecho. Es lamentable que, debido a una deficiente legislación a nivel editorial no podamos disfrutar, como se hace en otros países, del rico acervo musical existente en el país en materia de música coral.

Eventualmente, este repertorio también ha tenido la suerte de ser grabado en ediciones discográficas, algunas de ellas de imposible obtención, ya sea porque se agotaron en su momento o porque no han vuelto a ser editadas. Entre estas grabaciones podemos destacar las realizadas por el mismísimo Orfeón Lamas, la gran mayoría de ellas recogidas en directo y hoy de imposible adquisición. De igual modo las realizadas por el Orfeón Universitario de la UCV en diferentes momentos de su trayectoria, bajo la dirección de Vinicio Adames y Raúl Delgado Estévez. En 2001, el Orfeón Universitario grabó una selección de veintiuna obras pertenecientes a diez compositores bajo la dirección de quien suscribe estas líneas. De igual modo, la Coral de la Facultad de Ciencias de la UCV, dirigida por Eduardo Arias, hizo lo propio con una selección de este repertorio. En 1975, la Schola Cantorum de Caracas, dirigida por Alberto Grau, hizo una de las más estupendas grabaciones de este repertorio: en un solo volumen se recogen veintiséis obras pertenecientes a doce de los más destacados compositores de la Escuela de Santa Capilla. El Coro de Cámara de Caracas, bajo la dirección de Felipe Izcaray grabó, a finales de los setenta, un disco contentivo de trece obras del maestro Vicente Emilio Sojo.

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Bolanegra: «Un poco de luz»

El pasado domingo 7 de julio tuvimos la alegría y la dicha de presentar, ante el público caraqueño, Un poco de luz, la primera producción discográfica de Bolanegra, conjunto vocal dedicado a la música popular venezolana y latinoamericana. El evento se realizó en el Salón Automotriz Siglo XXI ante un nutrido y entusiasta público que aplaudió complacido cada una de las interpretaciones del concierto.

Un poco de luz se pasea por la obra de algunos de nuestros más representativos compositores populares tales como Eduardo Serrano, Simón Díaz, Antonio Estévez, Pedro Elías Gutiérrez, Aldemaro Romero, Luis Laguna, Henry Martínez, Otilio Galíndez, Cruz Felipe Iriarte y Federico Núñez, con arreglos de Oscar Galián, Miguel Ángel Santaella, Milton Ordóñez, Carmelo Rodríguez y César Alejandro Carrillo. La producción contó con la valiosa colaboración de Chuchito Sanoja, Jesús Milano y Bernardo Sanoja.

Por lo pronto el CD se puede adquirir en las tiendas Recordland, Townrecords y en Don Disco (Chacaíto).

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Un poco de luz

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  1. Los Hijos de la Noche (Eduardo Serrano) (2.34)
  2. El alcaraván (Simón Díaz) (4.02)
  3. Candelaria (Otilio Galíndez) (3.09)
  4. Cimarrón (Aldemaro Romero) (2.23)
  5. Juana y José (Cruz Felipe Iriarte) (2.22)
  6. Canto de ordeño (Antonio Estévez) (4.42)
  7. Criollísima (Henry Martínez/Luis Laguna) (2.56)
  8. Caramba (Otilio Galíndez) (3.00)
  9. Un poco de luz (Efraín Arteaga/Otilio Galíndez) (2.42)
  10. Mi niño no me quiere (Aldemaro Romero) (2.06)
  11. Pueblos tristes (Otilio Galíndez) (3.00)
  12. Ni ná, ni ná (Eduardo Serrano) (1.58)
  13. Imprevisiblemente (Federico Núñez) (3.13)
  14. Alma Llanera (Pedro Elías Gutiérrez/Rafael Bolívar Coronado) (1.48)

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Arreglos:

César Alejandro Carrillo, excepto:

Milton Ordóñez (9), Óscar Galián (11), Carmelo Rodríguez (12), Miguel Ángel Santaella (14)

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Integrantes:

Natalia Martínez

María Elena Presa

Laura Morales Balza

Lorena Faneite

Noel Rebolledo

Ricardo Henríquez

César Alejandro Carrillo

Miguel Ángel Vaccari

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Ficha Técnica:

Grabado en Estudios Fidelis, El Cafetal, Caracas

Grabación: Giovanni Sciortino

Edición: Jesús Milano y César Alejandro Carrillo

Mezcla: Jesús Milano y César Alejandro Carrillo

Masterización: Bernardo Sanoja

Diseño: Laura Morales Balza

Ilustración de portada: Gabriela Di Stefano

La vida con Modesta (y III)

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Con Modesta aprendías o te ibas. Para ella el arte de la composición no admitía medias tintas. Siempre citaba a su gran maestro Vicente Emilio Sojo: «Por sus bajos los reconoceréis», con lo cual el maestro quería significar que los grandes compositores escribían buenas líneas para el bajo. Sojo estaba omnipresente en nuestras vidas, porque incluso en la sala de espera de la Dirección de Cultura de la Universidad Central de Venezuela, donde Modesta trabajaba como Jefe del Departamento de Música, había un enorme retrato del gran maestro. A veces Modesta nos mostraba sus cuadernos de apuntes de composición, donde atesoraba con celo, pero con desprendimiento, los conocimientos recibidos de la mano experta del maestro. Estas enseñanzas eran el fundamento y la base de lo que Modesta nos regalaba en cada clase, lo que me hacía sentir que estábamos en una especie de cadena histórica de la que heredábamos los más secretos tesoros del arte de escribir música y a la cual teníamos la fortuna y el honor de pertenecer y, al mismo tiempo, el deber de continuar esa tradición. Pero a la vez también sentíamos que éramos herederos de nuestro presente y de nuestro tiempo y, por lo tanto, era inevitable que incorporáramos todo lo que oíamos a nuestro alrededor: jazz, salsa, rock y cualquier otra cosa de la que estuviésemos infectados. Nuestras tareas académicas se impregnaban de las influencias externas a la clase y a la vez nuestros arreglos de música popular eran presa de todos los recursos académicos que aprendíamos de Modesta. Es bueno acotar en este momento, que formalmente estábamos en una clase de composición, pero en su desarrollo recibíamos toda clase de enseñanzas y valores: disciplina y responsabilidad, ética, solidaridad y humildad, amor por la poesía y sobre todo por nuestra música, entre muchas otras cosas.

En cuanto a la disciplina y la responsabilidad, hay que decir que Modesta llevaba una bitácora de la clase, lo que ella llamaba el «Libro Negro». Allí anotaba, con lujo de detalles, la evolución del alumno: Fulano trajo dos contrapuntos de cuarta especie; Mengano, dos trocados de fuga; Zutano y Perencejo, el primer movimiento de una suite; y así sucesivamente. También agregaba sus comentarios sobre el trabajo, si le parecía bien, o no. Si uno no había cumplido con la tarea, era mejor no asistir a clases. Aprender con Modesta era un verdadero placer, pero ello conllevaba un gran deber. En cuanto a la ética, recuerdo una clase en la que un alumno más avanzado estaba presentando su trabajo. Modesta le preguntó por qué había resuelto un pasaje de tal manera, a lo que el alumno respondió que lo había hecho así porque le gustaba. Modesta argumentaba que uno no podía responder de esa manera, que uno debía tener razones convincentes para explicar sus procedimientos, sobre todo porque más adelante nosotros podíamos estar en la misma posición que ella, es decir, la posición de docente. De ahí en adelante se estableció una fuerte diatriba relacionada con la ética que debía tener un artista, un creador. Y a tal nivel llegó la discusión que para zanjar el asunto Modesta le pidió al alumno, muy indignada, que no volviera más a su clase. Para todos nosotros, que conteníamos la respiración ante aquella decisión, fue una lección muy dura, pero a la vez muy comprometida con los postulados estéticos que debía tener un artista. Una lección que siempre he tenido en cuenta al momento del proceso creativo, de allí que he sido muy autocrítico con mi obra. Ciertamente, los compositores trabajamos con una materia de contenido altamente subjetivo, pero también es cierto que toda nuestra carga de subjetividad en el proceso creativo debía ser tamizada por los procedimientos objetivos que aprendíamos en clase. Por ello siempre tengo presente un postulado del compositor cubano Leo Brouwer: Escribe primero; después corrige.

En cuanto a la solidaridad y la humildad, la mejor muestra nos la dio Modesta misma. Hubo un momento en nuestro tránsito por la Escuela José Lorenzo Llamozas, en que quizá por un descuido, por un error o, como suele ocurrir, por un mal entendido, tres de los alumnos fuimos expulsados de la escuela. Fue así como, de la noche a la mañana, Milton Ordóñez, Oscar Galián y yo, nos quedamos fuera de la escuela y de la clase de composición. Modesta, como madre celosa de sus hijos, resolvió el asunto renunciando a la cátedra de composición de la escuela y decidió continuar sus clases, sin recibir un centavo por ello, en uno de los salones de los sótanos del Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela. Nuestros otros compañeros, a pesar de estar solventes, decidieron también continuar con Modesta en la «nueva cátedra». En esos espacios estuvimos dos años aproximadamente, hasta que el maestro Felipe Izcaray asumió la dirección de la escuela y todos pudimos volver a nuestro antiguo salón de clases en la Llamozas. Tal muestra de solidaridad y desprendimiento de parte de Modesta y de nuestros compañeros es muy difícil de olvidar.

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Imágenes cortesía de Rómulo Nicolás Bor

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Modesta también era una persona muy desprendida y siempre tenía algo más para un alumno: un libro de poesías, un tratado de armonía o contrapunto, un libro de partituras. También abría generosamente las puertas de su casa para compartir, más allá de las paredes académicas, un rato de solaz y de compañerismo. Fueron muchas las Navidades parrandeando en casa de Modesta y sus hijas Lena, Liliana y Yamila, tocando y cantando todos los aguinaldos que nos sabíamos. Y si no los sabíamos los aprendíamos allí mismo con dos o tres pasadas. Ahí, en un ambiente de total camaradería, coincidíamos alumnos de todos los niveles de su clase de composición, refrendando lo que nos inculcaba en clase: el amor por el aguinaldo y las tradiciones navideñas venezolanas. Retomando el hilo y como decía más arriba, nuestra clase era muy diversa en la enseñanza y el aprendizaje. Eso sí, siempre existía un rigor en el orden de la clase, primero el deber y después el placer. Dentro de ese ambiente de responsabilidad existía siempre el momento para el chiste, la anécdota y la cosa graciosa. Porque hay que decir que Modesta siempre hacía gala de un gran sentido del humor. Así que entre rigor y disciplina siempre se generaba un momento de solaz y esparcimiento. Al final de la clase, luego de revisar todas las tareas asignadas, nos dedicábamos a la parte del placer: tomar café, fumar un cigarrillo y revisar los arreglos corales que cada uno llevaba con gran expectativa. Modesta nos inculcó, desde el principio, que teníamos una gran responsabilidad con la música venezolana y que por lo tanto era importante que hiciéramos arreglos de música popular y que, en lo posible, compusiéramos aguinaldos, nuestro tradicional género navideño. De esa época con Modesta nacieron Partamos a Belén y La llegada de los Reyes, mis dos primeros aguinaldos. La mayoría de nosotros, directores de coro, esperábamos ansiosos ese momento de ver y corregir los arreglos, puesto que de allí íbamos a montarlos en nuestros coros. Por el atril del piano del salón desfilaron aguinaldos, valses, merengues, gaitas, joropos y también otros géneros latinoamericanos, los cuales, valga la pena acotar, no eran tocados al piano, sino cantados a primera vista por los alumnos de la clase de composición, con letra, dinámica y todo. Modesta siempre cantaba la voz de contralto y todos los demás nos repartíamos el resto de las voces. Esa práctica nos dio un gran nivel de lectura a primera vista, lo que no tiene precio. Otro de los requerimientos que nos pedía Modesta era que tocáramos al piano nuestros trabajos académicos, lo que implicaba que tenías que aprender a tocar. Aún recuerdo con mucha admiración a dos personas que podían tocar a primera vista lo que le pusieran en el atril del piano. Una de ellas era la misma Modesta, la otra era mi también muy querido y recordado amigo Miguel Ástor.

Y debo detenerme aquí puesto que de continuar sería interminable. Con el tiempo, ella pidió su jubilación de la Universidad Central de Venezuela y, en procura de un ambiente más propicio para su delicada salud, se mudó a Mérida, lo que conllevó a la desaparición de su cátedra de composición en Caracas. Ensamble 9, en una de sus etapas más fructíferas, llegó a ensayar en el mismo salón donde recibíamos sus clases, lo que significó para mí una especie de continuidad física con ella. Por mi parte, yo también me alejé de Caracas y me mudé a Barinas para fundar el coro de la Universidad Nacional Experimental Ezequiel Zamora. Allí permanecí alrededor de cuatro años. Nuestro contacto siempre fue permanente pero a la vez se hizo más intermitente en virtud de la distancia. Luego de su mudanza a Mérida nos vimos en algunos eventos, siendo el más importante de ellos, el Primer Festival Nacional de Coros de Cámara “Homenaje a Modesta Bor”, que organizó Cantarte en 1996 para celebrar sus primeros cinco años de actividad. En ese festival estrenamos Oiga compae, un preludio y fuga compuesto a la usanza de lo que había aprendido y que está dedicado a ella. Era lo más justo que yo podía hacer: retribuir con honor todo lo que ella me había dado. Son tantas las experiencias vividas a nivel académico, profesional y sobre todo, humano, que no me daría abasto dándole gracias a la vida y a Modesta. A Modesta Bor.

 

 

Imágenes del archivo de la Fundación Modesta Bor. En la fuente no encontramos referencias del fotógrafo. La imagen de la derecha es la portada del disco «Genocidio» de Modesta Bor, editado en 1999 por la Fundación Vicente Emilio Sojo, con la Orquesta Filarmónica Nacional bajo la dirección de Pablo Castellanos.

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La vida con Modesta (II)

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César Alejandro Carrillo, Modesta Bor. Mérida, 1995

 

 

Para esa época yo estudiaba en la célebre e histórica Escuela Superior de Música José Ángel Lamas. Gran parte de mi formación, hasta ese momento —y mucho después también— la había hecho de manera autodidacta. Mi ‘maestro formal’ de armonía había sido nada menos y nada más que Nikolai Rimsky-Korsakov, a través de su Tratado de Armonía; y por supuesto todo el material musical que caía en mis manos, que devoraba ansioso. Mi instrumento principal era la guitarra, la cual había aprendido a tocar también por cuenta propia, al igual que el cuatro y otros instrumentos. Mi dios musical era, entre otras deidades, Johann Sebastian Bach (1685-1750). Y aún lo sigue siendo. Alguien, alguna vez, escribió en algún lugar,: ¡Qué sería de Dios sin Bach! Ahora bien, yo no entré a la escuela de música motu proprio. En el grupo Gesta habíamos tomado la decisión de que debíamos, todos y cada uno de nosotros, mejorar nuestro nivel musical. Fue así como un día cualquiera de 1977 nos convocamos para ir a hacer el examen de admisión para poder ingresar en la escuela. De los ocho integrantes que conformábamos el grupo sólo acudimos tres. Al año siguiente quedábamos dos. Y a partir del tercer año, sólo yo. Mi más grande ambición era ser compositor. Y esa fue la respuesta que le di al profesor que me hizo la prueba, el siempre recordado Tiero Pezzutti —gran músico y gran pedagogo— cuando me preguntó qué quería estudiar yo. Cuán iluso había sido yo al creer que podía hacer la carrera de compositor al igual que la de un instrumentista. Al segundo año de estar estudiando en la escuela, uno podía tomar clases del instrumento de su preferencia. ¡Yo, para poder ser compositor, tenía que esperar muchos años, puesto que debía estudiar, conocer y dominar muchas materias! Y todo este cuento viene a colación, porque a partir del instante en que comencé a adquirir conocimientos musicales formales, me di a la tarea de escribir en el papel todos los arreglos que habíamos hecho de memoria para el grupo. Para mi segunda entrevista con Modesta, habíamos convenido en que yo le iba a mostrar nuestros “arreglos”. Cuál no sería mi sorpresa al constatar que todo lo que había escrito ¡lo había hecho para la tesitura de la guitarra! Modesta tocó y revisó gran parte del material que le había llevado esa tarde. Obviamente, aquellos arreglos tenían todos los defectos del mundo, pero Modesta había visto en ellos el germen de ideas armónicas y musicales que le resultaban interesantes y novedosas. Su consejo en ese momento fue: “Guarda todo ese material. No lo botes. Más tarde vas a adquirir las destrezas para darte cuenta qué sirve y qué no y podrás ordenar mejor tus ideas. También tienes que aprender a tocar y a utilizar el piano porque éste te dará una visión más vertical de la música, como no te la puede dar la guitarra”. Y tenía razón. Poco a poco, en la medida en que iba avanzando, iba corrigiendo lo que podía. Y así pasaron muchos meses hasta que un día mi muy querido amigo Milton Ordóñez —quien recién había regresado de Medellín, donde había estado estudiando composición— me preguntó si yo conocía a algún profesor con el cual él pudiera proseguir sus estudios de composición. ¡Y a quién más le iba a recomendar! Acto seguido, llamé a Modesta y le conté de Milton. Ella me dijo que lo llevara a la cátedra de composición que impartía en la Escuela de Música José Lorenzo Llamozas. La tarde en que fui con él a la clase de Modesta es inolvidable para mí. Ella atendía a varios alumnos de diferentes niveles, y entre ellos estaban quienes serían grandes compañeros de arte, música y vivencias durante un largo trecho de mi vida: Gilberto Rebolledo, Oscar Galián y por supuesto, Milton. Mientras Modesta impartía la clase y se aprestaba a revisar los trabajos de Milton, me explicó, para que yo no me aburriera, las reglas del contrapunto de primera especie y me pidió que resolviera todos los cantus firmus que estaban en la pizarra. Para esa época yo apenas estaba cursando el tercer año de teoría y solfeo en la Lamas y me sentía como un intruso delante de todos los demás, puesto que yo estaba de visita en ese salón, cumpliendo con una solicitud de mi amigo Milton. Al final de la clase y luego de que se marcharan todos los alumnos, me pidió que me acercara para revisar la tarea que me había encomendado. Luego de hacer unas correcciones aquí y unas cuantas recomendaciones allá, me dijo: “Te espero el próximo martes. A partir de este momento estás en mi clase de composición”. Así, sin ton ni son, o mejor dicho, con ton y con son, ingresé a la clase de composición de Modesta Bor. Junto con mi amigo Milton.


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