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La vida con Modesta (y III)

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Con Modesta aprendías o te ibas. Para ella el arte de la composición no admitía medias tintas. Siempre citaba a su gran maestro Vicente Emilio Sojo: «Por sus bajos los reconoceréis», con lo cual el maestro quería significar que los grandes compositores escribían buenas líneas para el bajo. Sojo estaba omnipresente en nuestras vidas, porque incluso en la sala de espera de la Dirección de Cultura de la Universidad Central de Venezuela, donde Modesta trabajaba como Jefe del Departamento de Música, había un enorme retrato del gran maestro. A veces Modesta nos mostraba sus cuadernos de apuntes de composición, donde atesoraba con celo, pero con desprendimiento, los conocimientos recibidos de la mano experta del maestro. Estas enseñanzas eran el fundamento y la base de lo que Modesta nos regalaba en cada clase, lo que me hacía sentir que estábamos en una especie de cadena histórica de la que heredábamos los más secretos tesoros del arte de escribir música y a la cual teníamos la fortuna y el honor de pertenecer y, al mismo tiempo, el deber de continuar esa tradición. Pero a la vez también sentíamos que éramos herederos de nuestro presente y de nuestro tiempo y, por lo tanto, era inevitable que incorporáramos todo lo que oíamos a nuestro alrededor: jazz, salsa, rock y cualquier otra cosa de la que estuviésemos infectados. Nuestras tareas académicas se impregnaban de las influencias externas a la clase y a la vez nuestros arreglos de música popular eran presa de todos los recursos académicos que aprendíamos de Modesta. Es bueno acotar en este momento, que formalmente estábamos en una clase de composición, pero en su desarrollo recibíamos toda clase de enseñanzas y valores: disciplina y responsabilidad, ética, solidaridad y humildad, amor por la poesía y sobre todo por nuestra música, entre muchas otras cosas.

En cuanto a la disciplina y la responsabilidad, hay que decir que Modesta llevaba una bitácora de la clase, lo que ella llamaba el «Libro Negro». Allí anotaba, con lujo de detalles, la evolución del alumno: Fulano trajo dos contrapuntos de cuarta especie; Mengano, dos trocados de fuga; Zutano y Perencejo, el primer movimiento de una suite; y así sucesivamente. También agregaba sus comentarios sobre el trabajo, si le parecía bien, o no. Si uno no había cumplido con la tarea, era mejor no asistir a clases. Aprender con Modesta era un verdadero placer, pero ello conllevaba un gran deber. En cuanto a la ética, recuerdo una clase en la que un alumno más avanzado estaba presentando su trabajo. Modesta le preguntó por qué había resuelto un pasaje de tal manera, a lo que el alumno respondió que lo había hecho así porque le gustaba. Modesta argumentaba que uno no podía responder de esa manera, que uno debía tener razones convincentes para explicar sus procedimientos, sobre todo porque más adelante nosotros podíamos estar en la misma posición que ella, es decir, la posición de docente. De ahí en adelante se estableció una fuerte diatriba relacionada con la ética que debía tener un artista, un creador. Y a tal nivel llegó la discusión que para zanjar el asunto Modesta le pidió al alumno, muy indignada, que no volviera más a su clase. Para todos nosotros, que conteníamos la respiración ante aquella decisión, fue una lección muy dura, pero a la vez muy comprometida con los postulados estéticos que debía tener un artista. Una lección que siempre he tenido en cuenta al momento del proceso creativo, de allí que he sido muy autocrítico con mi obra. Ciertamente, los compositores trabajamos con una materia de contenido altamente subjetivo, pero también es cierto que toda nuestra carga de subjetividad en el proceso creativo debía ser tamizada por los procedimientos objetivos que aprendíamos en clase. Por ello siempre tengo presente un postulado del compositor cubano Leo Brouwer: Escribe primero; después corrige.

En cuanto a la solidaridad y la humildad, la mejor muestra nos la dio Modesta misma. Hubo un momento en nuestro tránsito por la Escuela José Lorenzo Llamozas, en que quizá por un descuido, por un error o, como suele ocurrir, por un mal entendido, tres de los alumnos fuimos expulsados de la escuela. Fue así como, de la noche a la mañana, Milton Ordóñez, Oscar Galián y yo, nos quedamos fuera de la escuela y de la clase de composición. Modesta, como madre celosa de sus hijos, resolvió el asunto renunciando a la cátedra de composición de la escuela y decidió continuar sus clases, sin recibir un centavo por ello, en uno de los salones de los sótanos del Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela. Nuestros otros compañeros, a pesar de estar solventes, decidieron también continuar con Modesta en la «nueva cátedra». En esos espacios estuvimos dos años aproximadamente, hasta que el maestro Felipe Izcaray asumió la dirección de la escuela y todos pudimos volver a nuestro antiguo salón de clases en la Llamozas. Tal muestra de solidaridad y desprendimiento de parte de Modesta y de nuestros compañeros es muy difícil de olvidar.

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Imágenes cortesía de Rómulo Nicolás Bor

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Modesta también era una persona muy desprendida y siempre tenía algo más para un alumno: un libro de poesías, un tratado de armonía o contrapunto, un libro de partituras. También abría generosamente las puertas de su casa para compartir, más allá de las paredes académicas, un rato de solaz y de compañerismo. Fueron muchas las Navidades parrandeando en casa de Modesta y sus hijas Lena, Liliana y Yamila, tocando y cantando todos los aguinaldos que nos sabíamos. Y si no los sabíamos los aprendíamos allí mismo con dos o tres pasadas. Ahí, en un ambiente de total camaradería, coincidíamos alumnos de todos los niveles de su clase de composición, refrendando lo que nos inculcaba en clase: el amor por el aguinaldo y las tradiciones navideñas venezolanas. Retomando el hilo y como decía más arriba, nuestra clase era muy diversa en la enseñanza y el aprendizaje. Eso sí, siempre existía un rigor en el orden de la clase, primero el deber y después el placer. Dentro de ese ambiente de responsabilidad existía siempre el momento para el chiste, la anécdota y la cosa graciosa. Porque hay que decir que Modesta siempre hacía gala de un gran sentido del humor. Así que entre rigor y disciplina siempre se generaba un momento de solaz y esparcimiento. Al final de la clase, luego de revisar todas las tareas asignadas, nos dedicábamos a la parte del placer: tomar café, fumar un cigarrillo y revisar los arreglos corales que cada uno llevaba con gran expectativa. Modesta nos inculcó, desde el principio, que teníamos una gran responsabilidad con la música venezolana y que por lo tanto era importante que hiciéramos arreglos de música popular y que, en lo posible, compusiéramos aguinaldos, nuestro tradicional género navideño. De esa época con Modesta nacieron Partamos a Belén y La llegada de los Reyes, mis dos primeros aguinaldos. La mayoría de nosotros, directores de coro, esperábamos ansiosos ese momento de ver y corregir los arreglos, puesto que de allí íbamos a montarlos en nuestros coros. Por el atril del piano del salón desfilaron aguinaldos, valses, merengues, gaitas, joropos y también otros géneros latinoamericanos, los cuales, valga la pena acotar, no eran tocados al piano, sino cantados a primera vista por los alumnos de la clase de composición, con letra, dinámica y todo. Modesta siempre cantaba la voz de contralto y todos los demás nos repartíamos el resto de las voces. Esa práctica nos dio un gran nivel de lectura a primera vista, lo que no tiene precio. Otro de los requerimientos que nos pedía Modesta era que tocáramos al piano nuestros trabajos académicos, lo que implicaba que tenías que aprender a tocar. Aún recuerdo con mucha admiración a dos personas que podían tocar a primera vista lo que le pusieran en el atril del piano. Una de ellas era la misma Modesta, la otra era mi también muy querido y recordado amigo Miguel Ástor.

Y debo detenerme aquí puesto que de continuar sería interminable. Con el tiempo, ella pidió su jubilación de la Universidad Central de Venezuela y, en procura de un ambiente más propicio para su delicada salud, se mudó a Mérida, lo que conllevó a la desaparición de su cátedra de composición en Caracas. Ensamble 9, en una de sus etapas más fructíferas, llegó a ensayar en el mismo salón donde recibíamos sus clases, lo que significó para mí una especie de continuidad física con ella. Por mi parte, yo también me alejé de Caracas y me mudé a Barinas para fundar el coro de la Universidad Nacional Experimental Ezequiel Zamora. Allí permanecí alrededor de cuatro años. Nuestro contacto siempre fue permanente pero a la vez se hizo más intermitente en virtud de la distancia. Luego de su mudanza a Mérida nos vimos en algunos eventos, siendo el más importante de ellos, el Primer Festival Nacional de Coros de Cámara “Homenaje a Modesta Bor”, que organizó Cantarte en 1996 para celebrar sus primeros cinco años de actividad. En ese festival estrenamos Oiga compae, un preludio y fuga compuesto a la usanza de lo que había aprendido y que está dedicado a ella. Era lo más justo que yo podía hacer: retribuir con honor todo lo que ella me había dado. Son tantas las experiencias vividas a nivel académico, profesional y sobre todo, humano, que no me daría abasto dándole gracias a la vida y a Modesta. A Modesta Bor.

 

 

Imágenes del archivo de la Fundación Modesta Bor. En la fuente no encontramos referencias del fotógrafo. La imagen de la derecha es la portada del disco «Genocidio» de Modesta Bor, editado en 1999 por la Fundación Vicente Emilio Sojo, con la Orquesta Filarmónica Nacional bajo la dirección de Pablo Castellanos.

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La vida con Modesta (II)

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César Alejandro Carrillo, Modesta Bor. Mérida, 1995

 

 

Para esa época yo estudiaba en la célebre e histórica Escuela Superior de Música José Ángel Lamas. Gran parte de mi formación, hasta ese momento —y mucho después también— la había hecho de manera autodidacta. Mi ‘maestro formal’ de armonía había sido nada menos y nada más que Nikolai Rimsky-Korsakov, a través de su Tratado de Armonía; y por supuesto todo el material musical que caía en mis manos, que devoraba ansioso. Mi instrumento principal era la guitarra, la cual había aprendido a tocar también por cuenta propia, al igual que el cuatro y otros instrumentos. Mi dios musical era, entre otras deidades, Johann Sebastian Bach (1685-1750). Y aún lo sigue siendo. Alguien, alguna vez, escribió en algún lugar,: ¡Qué sería de Dios sin Bach! Ahora bien, yo no entré a la escuela de música motu proprio. En el grupo Gesta habíamos tomado la decisión de que debíamos, todos y cada uno de nosotros, mejorar nuestro nivel musical. Fue así como un día cualquiera de 1977 nos convocamos para ir a hacer el examen de admisión para poder ingresar en la escuela. De los ocho integrantes que conformábamos el grupo sólo acudimos tres. Al año siguiente quedábamos dos. Y a partir del tercer año, sólo yo. Mi más grande ambición era ser compositor. Y esa fue la respuesta que le di al profesor que me hizo la prueba, el siempre recordado Tiero Pezzutti —gran músico y gran pedagogo— cuando me preguntó qué quería estudiar yo. Cuán iluso había sido yo al creer que podía hacer la carrera de compositor al igual que la de un instrumentista. Al segundo año de estar estudiando en la escuela, uno podía tomar clases del instrumento de su preferencia. ¡Yo, para poder ser compositor, tenía que esperar muchos años, puesto que debía estudiar, conocer y dominar muchas materias! Y todo este cuento viene a colación, porque a partir del instante en que comencé a adquirir conocimientos musicales formales, me di a la tarea de escribir en el papel todos los arreglos que habíamos hecho de memoria para el grupo. Para mi segunda entrevista con Modesta, habíamos convenido en que yo le iba a mostrar nuestros “arreglos”. Cuál no sería mi sorpresa al constatar que todo lo que había escrito ¡lo había hecho para la tesitura de la guitarra! Modesta tocó y revisó gran parte del material que le había llevado esa tarde. Obviamente, aquellos arreglos tenían todos los defectos del mundo, pero Modesta había visto en ellos el germen de ideas armónicas y musicales que le resultaban interesantes y novedosas. Su consejo en ese momento fue: “Guarda todo ese material. No lo botes. Más tarde vas a adquirir las destrezas para darte cuenta qué sirve y qué no y podrás ordenar mejor tus ideas. También tienes que aprender a tocar y a utilizar el piano porque éste te dará una visión más vertical de la música, como no te la puede dar la guitarra”. Y tenía razón. Poco a poco, en la medida en que iba avanzando, iba corrigiendo lo que podía. Y así pasaron muchos meses hasta que un día mi muy querido amigo Milton Ordóñez —quien recién había regresado de Medellín, donde había estado estudiando composición— me preguntó si yo conocía a algún profesor con el cual él pudiera proseguir sus estudios de composición. ¡Y a quién más le iba a recomendar! Acto seguido, llamé a Modesta y le conté de Milton. Ella me dijo que lo llevara a la cátedra de composición que impartía en la Escuela de Música José Lorenzo Llamozas. La tarde en que fui con él a la clase de Modesta es inolvidable para mí. Ella atendía a varios alumnos de diferentes niveles, y entre ellos estaban quienes serían grandes compañeros de arte, música y vivencias durante un largo trecho de mi vida: Gilberto Rebolledo, Oscar Galián y por supuesto, Milton. Mientras Modesta impartía la clase y se aprestaba a revisar los trabajos de Milton, me explicó, para que yo no me aburriera, las reglas del contrapunto de primera especie y me pidió que resolviera todos los cantus firmus que estaban en la pizarra. Para esa época yo apenas estaba cursando el tercer año de teoría y solfeo en la Lamas y me sentía como un intruso delante de todos los demás, puesto que yo estaba de visita en ese salón, cumpliendo con una solicitud de mi amigo Milton. Al final de la clase y luego de que se marcharan todos los alumnos, me pidió que me acercara para revisar la tarea que me había encomendado. Luego de hacer unas correcciones aquí y unas cuantas recomendaciones allá, me dijo: “Te espero el próximo martes. A partir de este momento estás en mi clase de composición”. Así, sin ton ni son, o mejor dicho, con ton y con son, ingresé a la clase de composición de Modesta Bor. Junto con mi amigo Milton.

La vida con Modesta (I)

En principio debo aclarar, para quien no lo sabe, que cuando digo Modesta, me refiero, sí, a mi maestra de composición Modesta Bor (1926-1998). Puede que a alguno le parezca soberbio o herético el hecho de que yo me dirija a una maestra de la estatura de Modesta con esa cuota de confianza, pero es que de estar viva, ella no aceptaría que hablara de sí con la solemnidad y el boato que siempre rechazó. Esta breve introducción establece el clima de amistad, amor, fidelidad y respeto que existía entre ella y yo. Ahora bien, no es frecuente este tipo de relación entre maestro y alumno, porque por lo general lo que habita entre ellos es una distancia que pone a cada uno en su santo lugar. Conocí a Modesta en 1978 en la época en que yo residía en Guarenas y co-dirigía un grupo vocal que se llamaba Gesta, el germen de lo que después sería Ensamble 9. Nosotros hacíamos nuestros arreglos vocales en pleno ensayo, no los escribíamos sino que los memorizábamos de tanto repetirlos. Y en ese afán y anhelo de querer hacer mejor las cosas, se nos ocurrió ir a la sección de música de la Biblioteca Nacional para tratar de conseguir arreglos impresos a fin de engrosar nuestro repertorio de canciones. Lamentablemente, en tal sección no había una sola partitura. Más bien era un sitio para ir a escuchar música, es decir, una fonoteca. Pero por esas circunstancias milagrosas que tiene la vida, el encargado, el ya desaparecido guitarrista y compositor Jorge Benzaquén, me sugirió que fuera al Departamento de Música de la Dirección de Cultura de la Universidad Central de Venezuela, del cual Modesta era jefa. Así que un día cualquiera de 1978, el cual ya no puedo precisar, me dirigí a la UCV a hablar con Modesta Bor, porque en ese entonces para mí era eso, Modesta Bor. Eso sí, sabía lo que ella era y representaba para nuestra música nacional. De modo tal que cuando llegué, estaba un poco nervioso debido a la talla del personaje con el cual me iba a entrevistar. Modesta me trató con atención y simpatía al yo revelarle el propósito de mi visita y al enterarse de nuestro trabajo con Gesta. Luego de estar conversando por espacio de una hora, aproximadamente, le solicitó a una empleada del departamento que me diera algunas copias de arreglos que allí tenían. La empleada que me atendió, con la misma simpatía y diligencia de Modesta, fue Olga Roa, quien con el tiempo se convertiría en amiga de muchos músicos y directores corales de nuestra generación. Actualmente, Olga es la jefa encargada del Departamento de Música. Las vueltas que da la vida. Pues bien, de allí salí muy contento por dos razones: la primera, porque había podido lograr conseguir un material musical que para nosotros iba a ser de vital importancia en la evolución de grupo. Y la segunda, porque había conocido a quien iba a marcar, para siempre, el curso de mi vida como ser humano, músico, arreglista, director y compositor: Modesta Bor.

Biografía tomada de la Sociedad de Autores y Compositores 
Modesta Bor nació en Juangriego, Isla de Margarita, el 15 de junio de 1926. En su pueblo natal, Modesta recibió las nociones elementales de Teoría y Solfeo, con Luis Manuel Gutiérrez y de piano con Alicia Caraballo Reyes. En 1942, viaja a Caracas para continuar sus estudios en la Escuela Superior de Música «José Angel Lamas», donde cursa Teoría y Solfeo con María de Lourdes Rotundo; piano, con Elena de Arrate; Historia de la Música y Estética con Juan Bautista Plaza; primer año de Armonía y Orquestación con Antonio Estévez y segundo año de Armonía, Contrapunto, Fuga y Composición en la cátedra del Mestro Vicente Emilio Sojo.

En 1951 presenta el exámen de su décimo año de piano, sin embargo, ese mismo año, contrajo una grave enfermedad en ambas manos y piernas. Su dolencia no le permitió ofrecer el concierto de grado, ni desarrollar su prometedora carrera como intérprete. Fue posteriormente, al regresar de Moscú, cuando le otorgaron el título de Profesora Ejecutante de Piano, a instancias de la Profesora Elena de Arrarte.

En julio de 1959, con la «Suite en tres movimientos» para Orquesta de Cámara, obtiene de las manos de Vicente Emilio Sojo el título de Maestro Compositor. Paralelamente a sus estudios musicales, Modesta Bor dió inicio a una amplia actividad en los campos de la musicología y la docencia. Entre 1948 y 1951 trabajó en el Servicio de Investigaciones Folklóricas Nacionales, como Jefa del Departamento de Musicología. Posteriormente, ejerció la docencia musical en diferentes escuelas primarias y secundarias de la capital, llegando incluso a dirigir coros de Niños de las Escuelas Municipales de Caracas.

Después de egresar de la Escuela de Música, se dedica por completo a la composición y en 1960 viaja a Moscú, con la idea de realizar estudios de Postgrado en el Conservatorio Tchaikowsky. Después de escuchar una de sus obras en una audición privada, el afamado compositor Aram Ilich Kachaturiam acepta gustosamente a Modesta Bor en su cátedra de Composición.

En 1962 da inicio a la composición de la premiada «Obertura» para Orquesta. Entre 1963 y 1964 se traslada a Lecherías, Estado Anzoátegui, para asumir la dirección del Coro de Niños de la Universidad de Oriente. En 1964, nuevamente en Caracas, trabaja en el Instituto Nacional de Folklore y luego es nombradfa directora del Coro de Niños de la Escuela de Música «Juan Manuel Olivares», cargo que desempeña durante 14 años.

En 1966 funda y dirige el grupo vocal «Arpegio», conjunto de seis voces blancas con el cual divulgará las viejas melodías infantiles, la polifonía culta y la música popular y folklórica venezolana. Entre 1971 y 1973 dirigió la Coral de la CANTV con la cual grabó dos discos de música coral venezolana e internacional. En 1973 se hace cargo de la Cátedra de Composición de la Escuela de Música «José Lorenzo Llamozas». Simultáneamente, entre 1974 y 1989 trabajó como jefa del Departamento de Música de la Dirección de Cultura de la Universidad Central de Venezuela, donde realizó una encomiable labor en pro de la formación musical de la población estudiantil venezolana.

En 1982 fue invitada por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) para participar en el Primer Festival Internacional de Música Contemporánea de la Habana (1986), donde se interpretó el «Concierto para piano y Orquesta». En 1990 se traslada a la ciudad de Mérida donde prosigue con tenacidad su labor creativa, la cual alterna con la docencia, ofreciendo a los estudiantes de la Escuela de Música de la Universidad de Los Andes un Taller de Dirección de Coros Infantiles; y en 1991 dicta un Taller de Armonía, con la finalidad de crear en el futuro una Cátedra Estable de Composición.

Las primeras obras de Modesta Bor están enmarcadas dentro del pensamiento de la Escuela Nacionalista venezolana. Ejemplos claros se observan en la «Suite Criolla» para Piano, en la «Suite para Orquesta de Cámara» y en la «Sonata para Viola y Piano». En etapas posteriores sus obras buscan un lenguaje propio, contemporáneo, acorde con las nuevas tendencias. A partir de la década de los sesenta, se trasluce la búsqueda de nuevas sonoridades en obras como el «Segundo Ciclo de Romanzas» para contralto y piano, la «Sonata para violín y piano» y sus obras corales: «El Pescador de Anclas» y «Regreso al Mar». La década de los setenta marca el inicio de una búsqueda hacia la atonalidad. La «Imitación Serial para Cuerdas» (1974), el tríptico coral «Manchas Sonoras» (1975), los siete «Sarcasmos» para piano (1978-1980), el «Prisma Sonoro» para cuatro voces mixtas (1980-1981), el «Concierto para piano y Orquesta» (1982-1983) y «Acuarelas» para Orquesta de Cuerdas (1986) son sólo algunos ejemplos de sus obras atonales desligadas de la tendencia o línea nacionalista.



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