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Otilio

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Portada del programa de mano del concierto, diseñado por Camoba, Laura Morales Balza

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La última vez que vi a Otilio fue en Maracay, el día en que muchos de sus admiradores, junto a sus familiares y amigos, fuimos a despedirlo para siempre. Para mí, y estoy seguro que para muchos de los presentes, fue un momento muy hermoso y muy cargado de emociones cuando, al ingresar el féretro en el vehículo que lo conduciría a su morada final, la muchedumbre que se había dado cita para su último adiós comenzó a entonar el Himno Universitario de la Universidad Central de Venezuela, institución de la cual Otilio fue empleado y también integrante de su Orfeón Universitario. Ese fue el colofón musical que despidió a Otilio, el último surco de un disco sin fin que había comenzado a sonar no más ingresar su cuerpo en el recinto funerario donde sería velado antes de la partida. Y cuando digo un disco sin fin, quiero decir precisamente eso: un eterno ramillete de canciones de Otilio que se sucedían una tras otra en las gargantas de quienes allí estaban. Jamás había yo apreciado tal devoción por un cantor popular, como ese día. Y viendo partir la carroza fúnebre, le comenté a alguien: “Otilio no está muerto. Está vivito y coleando en sus canciones”. 

Fotografía por Cincopuntoseis

El amor por su música me fue inculcado, en primera instancia, por la portentosa voz de Lilia Vera, en un célebre disco que a principios de los años setenta hiciera junto a Juan Carlos Núñez al piano, todo con canciones de Otilio. En segunda instancia, por Modesta Bor quien, en sus clases de composición, nos inculcaba, casi como un deber patrio, que debíamos hacer arreglos corales de canciones de autores populares venezolanos tales como Luis Laguna, Henry Martínez y Otilio Galíndez, entre otros. De esa cantera de alumnos de composición salió todo un repertorio de excelentes arreglos, pero quien siempre recibió más atención y salió más favorecido por parte de los alumnos fue Otilio. Fue así como desde muy temprano me enamoré de su música. Y vaya, no hay un solo coro en este país que no haya interpretado, por lo menos una vez alguna de sus canciones y, sin temor a equivocarme, Otilio es el autor más interpretado por el movimiento coral venezolano. Valga todo este preámbulo y esta remembranza, porque muy recientemente, el domingo 13 de junio de 2010, nos dimos cita el Orfeón Universitario de la Universidad Central de Venezuela, y las voces de Henry Martínez, Rafael “El Pollo” Brito, Marina Bravo y Santoral, de Barquisimeto, para ofrecerle un muy sentido y merecido homenaje a nuestro querido Otilio Galíndez, quien nos dejara hace ya un año exactamente. En ese privilegiado espacio que conocemos como el Aula Magna de la UCV, colmado de gente a la cual no le importó para nada lo lluvioso de la tarde, se desgranó otra vez parte de ese ramillete de canciones con las cuales Otilio se encargó de darle un color diferente a nuestras vidas: Luna decembrina, Flor de MayoCaramba, Ahora, O tal vez, Sin tu mirada, En silencio, Vaya un pecado, Mi tripón, Son chispitas, Y ni ná ni ná, Ese mar, El poncho andino, La Restinga, Pueblos tristes. Alternando entre los  arreglos corales interpretados por el Orfeón Universitario de la UCV, nuestros inefables amigos Henry, “El Pollo”, Marina y Santoral, en un concepto sonoro propuesto bajo la dirección instrumental de Edwin Arellano, se dieron a la tarea de regalarnos una acertada y diferente visión musical de la obra de Otilio. Agreguemos a ellos el estupendo trabajo que realizaron los músicos Carlos Pineda al cuatro; Luis Freites al bajo; Manuel Rangel a la guitarra y las maracas; Leowaldo Aldana en la percusión, y el propio Edwin Arellano a la mandolina y la guitarra, todos ellos jóvenes músicos venezolanos que desde hace un buen rato le vienen dando un golpe de aire fresco a la música venezolana. Mención aparte, y no por eso menos importante, el excelente trabajo de producción de Diana Herrera, coordinadora general del Orfeón Universitario, sin cuyo titánico esfuerzo este concierto hubiese sido otra cosa. En fin, amigos, creo que tenemos y seguiremos teniendo Otilio para rato.

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