La fuerza del destino: Bill Evans

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A Milton Ordóñez, quien un día me descubrió a Bill

El impacto que ha ejercido, ejerce y ejercerá la obra de Bill Evans (1929-1980) a través del tiempo, es imparable e indetenible. Su muy personal lenguaje armónico, sus largas líneas melódicas, su fraseo asimétrico y su acompañamiento de acordes sin fundamentales, han definido e influenciado a toda una generación de pianistas los últimos treinta años, entre los más destacados, Chick Corea, Keith Jarrett, Herbie Hancock y Brad Meldhau. En las manos de Bill Evans, un tema standard se convertía en la versión definitiva de ese tema, como por ejemplo, Someday My Prince Will Come, el tema de amor del primer largometraje de dibujos animados de Walt Disney, Blancanieves y los Siete Enanos, la cual interpretó en innumerables ocasiones.

Siendo un artista que se dedicó por entero a la ejecución del piano (y de los teclados), su influencia va mucho más allá de la esfera que abarca a los ejecutantes de las blancas y las negras. Bill Evans es uno de los músicos más importantes de toda la historia del jazz —aunque podríamos decir también, del siglo XX—, que no sólo innovó y enriqueció el vocabulario del piano sino también el concepto y el lenguaje del clásico trío de jazz, donde cada instrumento se erige con una dimensión y un discurso propios, y no sólo como mero acompañante.

Luego de haber colaborado por espacio de ocho meses con el sexteto de Miles Davis a finales de los años cincuenta, el cual aportó, entre tantas obras maestras, el mítico y canónico álbum Kind of Blue, el cual es considerado el álbum más vendido de toda la historia del jazz, Evans se dedicó, como líder, a desarrollar, junto al contrabajista Scott LaFaro y al baterista Paul Motian, lo que sería una carrera insuperable, en cuanto al trío se refiere. Luego de la trágica muerte de LaFaro, Evans mantuvo toda una suerte de tríos a lo largo de los años, salpicando su discografía aquí y allá como solista. En su último gran trío lo acompañaron Marc Johnson en el contrabajo y Joe LaBarbera en la batería.

De todo el legado artístico que Evans nos dejó, sería interminable enumerar una lista en este espacio, aunque me atrevo a recomendar uno de mis preferidos: You Must Believe In Spring (Warner Bros, 1980 – Grabado en 1977). Muy personalmente, opino que este no es un disco de jazz, sino más bien, un disco de poesía hecha música.

Para finalizar esta breve nota sobre uno de mis más grandes gurús, me permito citar su punto de vista estético, al referirse a la obra de William Blake (1757-1827), poeta, pintor y místico inglés:

“Es casi un poeta popular, pues alcanza elevadas cotas artísticas gracias precisamente a su sencillez. Las cosas sencillas, lo esencial, son las importantes, pero a veces las expresamos de un modo terriblemente complejo. Lo mismo sucede en el terreno musical con la técnica. Intentas dar voz a una emoción sencilla como el amor, el entusiasmo o la tristeza, y suele ocurrir que la técnica entorpece esta labor, que acaba por convertirse en un fin en sí misma cuando no debería ser más que el canal que permite la comunicación entre las ideas y los sentimientos. El gran artista siempre sabe llegar al quid de la cuestión, y posee una técnica tan natural que es imperceptible. Nunca me he topado con grandes dificultades, y eso me preocupa. Espero no acabe convirtiéndose en un estorbo.”

Sobre el romanticismo en la música:

“Si quieres que el resultado sea realmente extraordinario, hay que mezclar disciplina y libertad con mucho tiento, y hacerlo creativamente. Creo que toda la música es romántica, pero me molesta que ese romanticismo haga que la música suene sensiblera. Sin embargo, quien sabe combinar romanticismo y una cierta disciplina alcanza una belleza insuperable.”

Finalmente, Eddie Gómez, uno de sus contrabajistas predilectos y compañero por once años de Evans, dijo:

“No pedía nada extraordinario: que subieras al escenario y dieras el ciento diez por ciento, que no te reprimieras y que, de vez en cuando, asumieras algún riesgo. No se cansó de repetirme que debía olvidarme del legado del difunto Scott LaFaro y que tenía que ser yo mismo. Bill era un tipo expresivo, directo, amable, majestuoso e inteligente, siempre estaba dispuesto a echarte una mano. Su meta era hacer una música que aunara pasión e intelecto, una música que te llegara al corazón.”

8 Responses to “La fuerza del destino: Bill Evans”


  1. 1 Lourdes Morales 22 mayo, 2010 a las 3:10 am

    Gracias por el texto Cesarín, si te vas por ahí no podré dejar de leerte. Conviértelo en una primera parte, por fa…
    “El gran artista siempre sabe llegar al quid de la cuestión, y posee una técnica tan natural que es imperceptible”.
    Tú me pusiste ese disco en las manos en un viaje que hicimos juntos. Gracias por eso también.
    Ajá, y te faltó la recomendación bibliográfica, ¿qué biografía nueva andas leyendo…? jeje

    Un gran abrazo

  2. 3 robertoecheto 22 mayo, 2010 a las 3:32 am

    APOTEOSIS DE BILL EVANS

    El 6 de julio de 1961 Scott La Faro estrelló su auto contra un árbol.

    Con Scott La Faro murió algo indescriptible. Paul Motian y Bill Evans, sus compañeros en el trío, erraron durante años buscando eso que se fue al más allá con el joven contrabajista. Eso que murió con La Faro fue la fuerza invisible que unió a ese grupo y que produjo una gigantesca ola de renovación musical que se extendió en el tiempo y en el espacio a todos los tríos de jazz y a todos los pianistas del mundo. Por eso no es de extrañar que los dos sobrevivientes cayeran en una oscura tristeza de la que sólo saldrían años después.

    ****

    Bill Evans está frente al piano; ni lo mira; se sienta en el banco; pone las manos largas como árboles sobre las teclas y el aire se llena con Alice in Wonderland. Bill no es el de antes. Ya no luce esa elegancia que se hacía una con la música. Ahí está: barbudo, abstraído e inclinado, como siempre, sobre su instrumento.

    Joe toca su batería. De vez en cuando mira a Bill y a Marc. Los mira porque les gusta mirarlos. Le parece un milagro estar sentado junto a ellos, tocando esa música tan delicada. Bill, en cambio, no abre los ojos. Lo más seguro es que esté a cientos de millas de aquí, jugando golf con su hermano Harry mientras sus manos ancianas tocan el piano. A Bill le encanta el golf. Todos sus compañeros músicos lo saben. Por eso cuando lo ven así, tan distante, se preguntan en tono de broma que en cuál hoyo estará.

    Qué raro es ver en semejantes fachas a este hombre que fue modelo de sobriedad al vestirse. A sus cuarenta y ocho años queda poco del dandi cuya delicadeza al piano parecía una extensión de su elegancia al vestirse. La verdad es que Bill se vestía bien, pero tuvo sus malos momentos, como los tenemos todos… Cuando murió La Faro, hay quien dice que vio a un zombi exacto a Bill Evans deambulando todo sucio por el Village. Así también lo vieron los ojos del anonimato varias veces: unas, poseído por las sustancias que consume, y otras, derrumbado por el suicidio de su primera esposa y la separación de la segunda.

    El golf… Sólo el golf y la música salvan. Su papá ofrecía cursos de golf para aprendices. Por eso los hermanitos Evans apreciaban tanto ese deporte. Cada semana iban una o dos veces al Gambler Ridge a jugar y a olvidarse de todo durante un par de horas. Así se hicieron adultos entre instrumentos musicales, música clásica y palos de golf.

    La mamá de Bill era rusa y, por haber estudiado piano en su juventud, tenía una respetable discoteca en la que, además de los discos, había una extraordinaria cantidad de partituras que el joven Bill leía con fruición todos los días, antes y después del golf, antes y después de la clase de teoría y solfeo, antes y después de las clases de piano. Si alguien pregunta por la fuente de la genialidad de este hombre, respóndanle que se encuentra en la lectura enjundiosa y placentera de cientos y cientos de partituras de cualquier cantidad de compositores clásicos y contemporáneos: de Bach a Rachmaninov, de Debussy a Stravinski, de Prokofiev a Duke Ellington, de Ravel a George Russell y sigan contando.

    Bill Evans fue un hombre melancólico y sensible. Más de una vez la pasó mal en el quinteto de Miles Davis por ser el único blanco. Como no basaba su música en el blues y como tenía una cultura musical más amplia que la de todos ellos juntos, los hombres de color no lo trataron bien. Créanlo o no, Cannonball Adderley y John Coltrane sembraron toda clase de cizaña para que el gigante se fuera del grupo.

    Y un día, sin dar demasiadas explicaciones, se fue.

    Le hicieron (y nos hicieron) un gran favor porque Bill Evans se convirtió en lo que estaba destinado a ser: un titán, un monstruo inalcanzable cuya luz se acentúa con el paso de los años.

    • 4 César Alejandro Carrillo 22 mayo, 2010 a las 10:53 pm

      ¡Qué hermosa tu secuencia sobre Bill Evans, Roberto! Tan hermosa es que a voy a colocarla de seguidas del texto mío (si me lo permites). Efectivamente, de Bill Evans podrá decirse lo que sea con respecto al tema de las drogas. Ahora bien ¿Cómo hubiera podido Bill sobrellevar una vida tan trágica, sin evadirse de este mundo? Tema para los psiquiatras. Hay que ponerse en los pantalones del sujeto en cuestión. Gracias por tu post.

  3. 5 CHILE VELOZ 24 mayo, 2010 a las 12:35 pm

    CESAR AMIGO…. TU INICIATIVA ES EXTRAORDINARIA…PERO…Y ( ESPERO ME ACEPTES LA CRITICA EN SU CONTEXTO…) PARA MI, VULGAR ESPECTADOR Y ” OIDOR” DE MÚSICA, ESTÁN SIENDO, TU Y LOS COMENTARISTAS, DEMASIADO EXQUISITOS… Y, ( ME SOSPECHO) QUE POR ESTA VIA, SE ESTÁN QUEDANDO FUERA MUCHAS PERSONAS QUE SIN SABER TANTO, SI TIENEN MUCHA SENSIBILIDAD PARA HABLAR DE ALGO…

    ATT. CHILE VELOZ…

    • 6 César Alejandro Carrillo 24 mayo, 2010 a las 4:43 pm

      Mi querido Chile:

      Con todo el respeto, la admiración y el cariño que te tengo, muy agradecido acepto tu comentario. Como dice el encabezado de mi blog, es un espacio para compartir experiencias, reflexiones y opiniones sobre el arte en general y sobre la música en particular. De eso se trata, de crear un espacio para la reflexión y la opinión. No tengo rutas predeterminadas, no escribo para especialistas ni veteranos; eso está lejos de mi intención. Parto, eso sí, de que en este blog no persigo ningún fin educativo. Por ello, no clasifico mis palabras ni los temas… lo que posteo son mis reflexiones. Por lo pronto, es eso: un espacio para compartir mis ideas y mis experiencias con todo aquel que quiera leerlas, que se sienta identificado, que comparta, o no, mis temas predilectos. Si dispusiera de más tiempo, cosa que realmente anhelo, todos los días estaría alimentando el blog, de eso no tengo ninguna duda. De nuevo, agradezco tu comentario y lo acepto de la mejor manera porque sé que viene con la mejor intención y de un gran amigo.

      Con el mismo cariño, admiración y respeto de siempre,

      tu amigo,

      César

  4. 7 Milton Ordoñez 30 mayo, 2010 a las 12:26 am

    I MUST BELIEVE TOO

    César, cuando vi la carátula de YOU MUST BELIEVE IN SPRING, un mundo de cosas se me vinieron encima y tuve que pararme a buscar café y un cigarillo (porque entre otras, ese disco era el sombrero que no me quitaba cuando empecé a enamorarme del jazz en mi cuartucho del Silencio, allá en Caracas. No sé a dónde fue a parar, por cierto. No será ese mismo el que subiste tú a tu página . . . ?) Cuando vi que me recordabas en tu artículo (gracias), tuve que pararme de nuevo a otra cosa. Entonces leí y tuve que irme otra vez y volví y luego de leer la bella nota de Robertoecheto me fuí a fumar caminando por el jardín frente a mi residencia en la Universidad. La verdad lloriquié, porque muchas más cosas acudieron a mi mente y además, siendo las 6 y pico, un día lluvioso, el sendero de árboles y lagunas frente a mí era igual al de la carátula de Bill Evans . . .
    El mundo es un arco en el que suecede todo de manera tangencial y quebradiza. Pero como en las luces de bengala, las chispas se irradian en toda dirección, viniendo luego a confluir en un mismo mismo hoyo. El nombre y particular sonoridad de Eddie Gómez (puertorriqueño), siempre han estado presentes en mi memoria. Cuando supe que él venía para un festival que inauguraba el nuevo y regio conservatorio de música de esta isla tan artistica y tropialocada, me dije que no podia perdérmelo. El festival estaba precisamente dedicado a él y gozamos hasta saciarnos de la intimidad que a este músico se le quedó estampada trabajando tantos años con “el poeta del piano”.
    En una estadía en Nueva York, hace apenas un año, visité el MORGAN’S LIBRARY AND MUSEUM con motivo de inaugurarse esa noche de Septiembre una exposición dedicada especialmente a William Blake y sus iluminados dibujos hechos para ilustrar EL PARAISO PERDIDO de John Milton. Esas ilustraciones tampoco se me borrarán jamás de la mente. Y hoy –que casualidad . . .- leyendo un libraco titulado SYMMETRY, me topé con el famoso poema de Blake “Tiger, tiger . . .”
    Así que entre Evans, Gómez, Blake, (Disney), Robertoecheto, tú y esta tarde tristona que parece una primavera borinqueña, no olvidaré tampoco jamás el trago que me estoy echando sin permiso de la administración.

    (Permiso para los errores de ortografía sí tengo).

    • 8 César Alejandro Carrillo 31 mayo, 2010 a las 3:29 pm

      Así es, Milton, mi querido hermano mayor. Cuántas vinculaciones más podríamos encontrar en una carátula de Bill Evans o en el recuerdo que nos queda de nuestros más queridos amigos. Cada vez que escucho este disco, es inevitable, para mí, evocar tantas y tantas vivencias musicales compartidas, sobre todo las que tienen que ver con nuestros estudios de composición y aquellas sesiones en tu casa donde hacíamos nuestras canciones casi a cuatro manos o, cuando musicalizábamos los poemas de Adolfredo Brizuela -“Y trepar por tus cabellos” y “Has crecido en la tarde como la lluvia” fueron dos buenos productos de esa cosecha. La semana pasada estuve en Guarenas, de visita en casa de mi mamá, quien vive en un conjunto residencial justo al lado del Grupo Escolar “Ambrosio Plaza”, donde tu mamá enseñaba. Y de nuevo fue inevitable el asalto de recuerdos, en este caso, los de nuestros años de formación con Modesta. ¡Esa clase de maestras cada día son más escasas! Porque no es lo mismo “dar clases” que “enseñar”. Son dos eventos exactamente distintos. Y también son muchos los años sin compartir las cosas que nos gustan. Si algún día vuelvo a Puerto Rico será un deber que nos encontremos y, sin permiso de la administración, nos echemos un largo trago juntos! Mi querido hermano, recibe un abrazo en la distancia cargado de enorme nostalgia.

      De tu hermano,

      César Alejandro


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