Archive for the 'Reseñas' Category



Cantarte cumplió 19 años

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Ayer, 6 de julio, Cantarte cumplió 19 años de ininterrumpida y fructífera labor. Vaya a todos y cada uno de los que alguna vez formaron y aún forman parte de sus filas mi más sincero abrazo de felicitación y de eterno agradecimiento por engrandecer y enaltecer el nombre de nuestra agrupación.

¡Salud, cantartistas de todas las épocas!

Otilio

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Portada del programa de mano del concierto, diseñado por Camoba, Laura Morales Balza

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La última vez que vi a Otilio fue en Maracay, el día en que muchos de sus admiradores, junto a sus familiares y amigos, fuimos a despedirlo para siempre. Para mí, y estoy seguro que para muchos de los presentes, fue un momento muy hermoso y muy cargado de emociones cuando, al ingresar el féretro en el vehículo que lo conduciría a su morada final, la muchedumbre que se había dado cita para su último adiós comenzó a entonar el Himno Universitario de la Universidad Central de Venezuela, institución de la cual Otilio fue empleado y también integrante de su Orfeón Universitario. Ese fue el colofón musical que despidió a Otilio, el último surco de un disco sin fin que había comenzado a sonar no más ingresar su cuerpo en el recinto funerario donde sería velado antes de la partida. Y cuando digo un disco sin fin, quiero decir precisamente eso: un eterno ramillete de canciones de Otilio que se sucedían una tras otra en las gargantas de quienes allí estaban. Jamás había yo apreciado tal devoción por un cantor popular, como ese día. Y viendo partir la carroza fúnebre, le comenté a alguien: “Otilio no está muerto. Está vivito y coleando en sus canciones”. 

Fotografía por Cincopuntoseis

El amor por su música me fue inculcado, en primera instancia, por la portentosa voz de Lilia Vera, en un célebre disco que a principios de los años setenta hiciera junto a Juan Carlos Núñez al piano, todo con canciones de Otilio. En segunda instancia, por Modesta Bor quien, en sus clases de composición, nos inculcaba, casi como un deber patrio, que debíamos hacer arreglos corales de canciones de autores populares venezolanos tales como Luis Laguna, Henry Martínez y Otilio Galíndez, entre otros. De esa cantera de alumnos de composición salió todo un repertorio de excelentes arreglos, pero quien siempre recibió más atención y salió más favorecido por parte de los alumnos fue Otilio. Fue así como desde muy temprano me enamoré de su música. Y vaya, no hay un solo coro en este país que no haya interpretado, por lo menos una vez alguna de sus canciones y, sin temor a equivocarme, Otilio es el autor más interpretado por el movimiento coral venezolano. Valga todo este preámbulo y esta remembranza, porque muy recientemente, el domingo 13 de junio de 2010, nos dimos cita el Orfeón Universitario de la Universidad Central de Venezuela, y las voces de Henry Martínez, Rafael “El Pollo” Brito, Marina Bravo y Santoral, de Barquisimeto, para ofrecerle un muy sentido y merecido homenaje a nuestro querido Otilio Galíndez, quien nos dejara hace ya un año exactamente. En ese privilegiado espacio que conocemos como el Aula Magna de la UCV, colmado de gente a la cual no le importó para nada lo lluvioso de la tarde, se desgranó otra vez parte de ese ramillete de canciones con las cuales Otilio se encargó de darle un color diferente a nuestras vidas: Luna decembrina, Flor de MayoCaramba, Ahora, O tal vez, Sin tu mirada, En silencio, Vaya un pecado, Mi tripón, Son chispitas, Y ni ná ni ná, Ese mar, El poncho andino, La Restinga, Pueblos tristes. Alternando entre los  arreglos corales interpretados por el Orfeón Universitario de la UCV, nuestros inefables amigos Henry, “El Pollo”, Marina y Santoral, en un concepto sonoro propuesto bajo la dirección instrumental de Edwin Arellano, se dieron a la tarea de regalarnos una acertada y diferente visión musical de la obra de Otilio. Agreguemos a ellos el estupendo trabajo que realizaron los músicos Carlos Pineda al cuatro; Luis Freites al bajo; Manuel Rangel a la guitarra y las maracas; Leowaldo Aldana en la percusión, y el propio Edwin Arellano a la mandolina y la guitarra, todos ellos jóvenes músicos venezolanos que desde hace un buen rato le vienen dando un golpe de aire fresco a la música venezolana. Mención aparte, y no por eso menos importante, el excelente trabajo de producción de Diana Herrera, coordinadora general del Orfeón Universitario, sin cuyo titánico esfuerzo este concierto hubiese sido otra cosa. En fin, amigos, creo que tenemos y seguiremos teniendo Otilio para rato.

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La vida con Modesta (II)

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César Alejandro Carrillo, Modesta Bor. Mérida, 1995

 

 

Para esa época yo estudiaba en la célebre e histórica Escuela Superior de Música José Ángel Lamas. Gran parte de mi formación, hasta ese momento —y mucho después también— la había hecho de manera autodidacta. Mi ‘maestro formal’ de armonía había sido nada menos y nada más que Nikolai Rimsky-Korsakov, a través de su Tratado de Armonía; y por supuesto todo el material musical que caía en mis manos, que devoraba ansioso. Mi instrumento principal era la guitarra, la cual había aprendido a tocar también por cuenta propia, al igual que el cuatro y otros instrumentos. Mi dios musical era, entre otras deidades, Johann Sebastian Bach (1685-1750). Y aún lo sigue siendo. Alguien, alguna vez, escribió en algún lugar,: ¡Qué sería de Dios sin Bach! Ahora bien, yo no entré a la escuela de música motu proprio. En el grupo Gesta habíamos tomado la decisión de que debíamos, todos y cada uno de nosotros, mejorar nuestro nivel musical. Fue así como un día cualquiera de 1977 nos convocamos para ir a hacer el examen de admisión para poder ingresar en la escuela. De los ocho integrantes que conformábamos el grupo sólo acudimos tres. Al año siguiente quedábamos dos. Y a partir del tercer año, sólo yo. Mi más grande ambición era ser compositor. Y esa fue la respuesta que le di al profesor que me hizo la prueba, el siempre recordado Tiero Pezzutti —gran músico y gran pedagogo— cuando me preguntó qué quería estudiar yo. Cuán iluso había sido yo al creer que podía hacer la carrera de compositor al igual que la de un instrumentista. Al segundo año de estar estudiando en la escuela, uno podía tomar clases del instrumento de su preferencia. ¡Yo, para poder ser compositor, tenía que esperar muchos años, puesto que debía estudiar, conocer y dominar muchas materias! Y todo este cuento viene a colación, porque a partir del instante en que comencé a adquirir conocimientos musicales formales, me di a la tarea de escribir en el papel todos los arreglos que habíamos hecho de memoria para el grupo. Para mi segunda entrevista con Modesta, habíamos convenido en que yo le iba a mostrar nuestros “arreglos”. Cuál no sería mi sorpresa al constatar que todo lo que había escrito ¡lo había hecho para la tesitura de la guitarra! Modesta tocó y revisó gran parte del material que le había llevado esa tarde. Obviamente, aquellos arreglos tenían todos los defectos del mundo, pero Modesta había visto en ellos el germen de ideas armónicas y musicales que le resultaban interesantes y novedosas. Su consejo en ese momento fue: “Guarda todo ese material. No lo botes. Más tarde vas a adquirir las destrezas para darte cuenta qué sirve y qué no y podrás ordenar mejor tus ideas. También tienes que aprender a tocar y a utilizar el piano porque éste te dará una visión más vertical de la música, como no te la puede dar la guitarra”. Y tenía razón. Poco a poco, en la medida en que iba avanzando, iba corrigiendo lo que podía. Y así pasaron muchos meses hasta que un día mi muy querido amigo Milton Ordóñez —quien recién había regresado de Medellín, donde había estado estudiando composición— me preguntó si yo conocía a algún profesor con el cual él pudiera proseguir sus estudios de composición. ¡Y a quién más le iba a recomendar! Acto seguido, llamé a Modesta y le conté de Milton. Ella me dijo que lo llevara a la cátedra de composición que impartía en la Escuela de Música José Lorenzo Llamozas. La tarde en que fui con él a la clase de Modesta es inolvidable para mí. Ella atendía a varios alumnos de diferentes niveles, y entre ellos estaban quienes serían grandes compañeros de arte, música y vivencias durante un largo trecho de mi vida: Gilberto Rebolledo, Oscar Galián y por supuesto, Milton. Mientras Modesta impartía la clase y se aprestaba a revisar los trabajos de Milton, me explicó, para que yo no me aburriera, las reglas del contrapunto de primera especie y me pidió que resolviera todos los cantus firmus que estaban en la pizarra. Para esa época yo apenas estaba cursando el tercer año de teoría y solfeo en la Lamas y me sentía como un intruso delante de todos los demás, puesto que yo estaba de visita en ese salón, cumpliendo con una solicitud de mi amigo Milton. Al final de la clase y luego de que se marcharan todos los alumnos, me pidió que me acercara para revisar la tarea que me había encomendado. Luego de hacer unas correcciones aquí y unas cuantas recomendaciones allá, me dijo: “Te espero el próximo martes. A partir de este momento estás en mi clase de composición”. Así, sin ton ni son, o mejor dicho, con ton y con son, ingresé a la clase de composición de Modesta Bor. Junto con mi amigo Milton.

Desde otro lugar. Los Sinvergüenzas (2007)

Pertenecientes al conglomerado conocido como la Movida Acústica Urbana, o simplemente, la MAU, Los Sinvergüenzas vienen “portándose mal y haciendo travesuras” desde su primer concierto hace poco más de diez años, el 26 de febrero de 2000. En un formato instrumental que recuerda al de sus hermanos mayores, El Cuarteto, pero con una estética que evoca más a sus otros parientes, Raíces, Los Sinvergüenzas se aventuran tímbricamente un poco más allá en virtud de las posibilidades de sus ejecutantes: Raimundo Pineda en los diversos tipos de flautas; Edwin Arellano en la mandolina, la mandola y la guitarra; Héctor Molina en el cuatro y, Heriberto Rojas en el contrabajo. En un paisaje sonoro donde se vuelve un poco reiterativo escuchar los mismos temas versionados de mil maneras, el importante aporte de Los Sinvergüenzas le da un golpe de brisa fresca al entorno de música instrumental venezolana de corte tradicional, con un repertorio conformado casi en su totalidad por la cosecha creativa de sus propios integrantes. Aventurarse a recomendar alguna de las piezas de este disco, Desde otro lugar, es una tarea muy difícil dado que el repertorio es consistentemente bueno de pe a pa. Con arreglos interesantes e inteligentes, los doce temas nos presentan un abanico de posibilidades que se van expandiendo a medida que avanzamos en su audición, dejándole a uno un delicioso gusto en la boca, o más bien, en la oreja, como si de un exquisito manjar musical se tratara. La agrupación sinvergüenza ha contado desde sus orígenes merideños hasta su actual conformación caraqueña, con la presencia de Edwin Arellano y Héctor Molina, feliz circunstancia ésta que les ha permitido mantener un norte estético, el cual ha sufrido pocas alteraciones a través del tiempo. Y si sumamos a ellos la complicidad artística, las dotes instrumentales y las potencialidades creativas de Raimundo Pineda y de Heriberto Rojas, dos músicos con no menos credenciales que los merideños, obtenemos una combinación que estamos seguros le va a seguir deparando nuevos y hermosos horizontes a la música instrumental venezolana ¡Qué viva La Sinvergüenzura!

La fuerza del destino: Bill Evans

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A Milton Ordóñez, quien un día me descubrió a Bill

El impacto que ha ejercido, ejerce y ejercerá la obra de Bill Evans (1929-1980) a través del tiempo, es imparable e indetenible. Su muy personal lenguaje armónico, sus largas líneas melódicas, su fraseo asimétrico y su acompañamiento de acordes sin fundamentales, han definido e influenciado a toda una generación de pianistas los últimos treinta años, entre los más destacados, Chick Corea, Keith Jarrett, Herbie Hancock y Brad Meldhau. En las manos de Bill Evans, un tema standard se convertía en la versión definitiva de ese tema, como por ejemplo, Someday My Prince Will Come, el tema de amor del primer largometraje de dibujos animados de Walt Disney, Blancanieves y los Siete Enanos, la cual interpretó en innumerables ocasiones.

Siendo un artista que se dedicó por entero a la ejecución del piano (y de los teclados), su influencia va mucho más allá de la esfera que abarca a los ejecutantes de las blancas y las negras. Bill Evans es uno de los músicos más importantes de toda la historia del jazz —aunque podríamos decir también, del siglo XX—, que no sólo innovó y enriqueció el vocabulario del piano sino también el concepto y el lenguaje del clásico trío de jazz, donde cada instrumento se erige con una dimensión y un discurso propios, y no sólo como mero acompañante.

Luego de haber colaborado por espacio de ocho meses con el sexteto de Miles Davis a finales de los años cincuenta, el cual aportó, entre tantas obras maestras, el mítico y canónico álbum Kind of Blue, el cual es considerado el álbum más vendido de toda la historia del jazz, Evans se dedicó, como líder, a desarrollar, junto al contrabajista Scott LaFaro y al baterista Paul Motian, lo que sería una carrera insuperable, en cuanto al trío se refiere. Luego de la trágica muerte de LaFaro, Evans mantuvo toda una suerte de tríos a lo largo de los años, salpicando su discografía aquí y allá como solista. En su último gran trío lo acompañaron Marc Johnson en el contrabajo y Joe LaBarbera en la batería.

De todo el legado artístico que Evans nos dejó, sería interminable enumerar una lista en este espacio, aunque me atrevo a recomendar uno de mis preferidos: You Must Believe In Spring (Warner Bros, 1980 – Grabado en 1977). Muy personalmente, opino que este no es un disco de jazz, sino más bien, un disco de poesía hecha música.

Para finalizar esta breve nota sobre uno de mis más grandes gurús, me permito citar su punto de vista estético, al referirse a la obra de William Blake (1757-1827), poeta, pintor y místico inglés:

“Es casi un poeta popular, pues alcanza elevadas cotas artísticas gracias precisamente a su sencillez. Las cosas sencillas, lo esencial, son las importantes, pero a veces las expresamos de un modo terriblemente complejo. Lo mismo sucede en el terreno musical con la técnica. Intentas dar voz a una emoción sencilla como el amor, el entusiasmo o la tristeza, y suele ocurrir que la técnica entorpece esta labor, que acaba por convertirse en un fin en sí misma cuando no debería ser más que el canal que permite la comunicación entre las ideas y los sentimientos. El gran artista siempre sabe llegar al quid de la cuestión, y posee una técnica tan natural que es imperceptible. Nunca me he topado con grandes dificultades, y eso me preocupa. Espero no acabe convirtiéndose en un estorbo.”

Sobre el romanticismo en la música:

“Si quieres que el resultado sea realmente extraordinario, hay que mezclar disciplina y libertad con mucho tiento, y hacerlo creativamente. Creo que toda la música es romántica, pero me molesta que ese romanticismo haga que la música suene sensiblera. Sin embargo, quien sabe combinar romanticismo y una cierta disciplina alcanza una belleza insuperable.”

Finalmente, Eddie Gómez, uno de sus contrabajistas predilectos y compañero por once años de Evans, dijo:

“No pedía nada extraordinario: que subieras al escenario y dieras el ciento diez por ciento, que no te reprimieras y que, de vez en cuando, asumieras algún riesgo. No se cansó de repetirme que debía olvidarme del legado del difunto Scott LaFaro y que tenía que ser yo mismo. Bill era un tipo expresivo, directo, amable, majestuoso e inteligente, siempre estaba dispuesto a echarte una mano. Su meta era hacer una música que aunara pasión e intelecto, una música que te llegara al corazón.”

Pamplona 2010

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A Carlos, Jesús, Fermín y Alfonso

 

Al aproximarse en el tren desde Madrid, lo primero que te invade a las afueras de Pamplona, es un inmenso y antiquísimo acueducto romano. Con esa bellísima imagen en la retina, al llegar a la estación, uno no puede sino pensar que todas las cosas en esa hermosa ciudad, fluirán de manera perfecta. Y así es. Mis amigos Carlos Gorricho e Imanol Erkizia me dieron la bienvenida para, en primera instancia, dar un paseo alrededor de las extensas murallas que rodean a la antigua y añeja Pamplona. O Iruña, como se diría en perfecto euskara. Carlos Gorricho es el muy diligente presidente de la Federación de Coros de Navarra, organización que alberga a más de cincuenta agrupaciones de la provincia de Navarra y sus alrededores. Y además, es un excelente anfitrión y organizador. De Pamplona, habría que agregar también que es una ciudad llena de gente amable y simpática que está pendiente de que uno se sienta y coma bien. Eso sí, Pamplona te recibe en esta época del año con una lluvia pertinaz. Famosa por sus Sanfermines, suficientemente espaciosa para albergar a sus poco más de trescientos mil habitantes y repleta de monumentos interesantes. Uno de ellos es su antigua y hermosa catedral, en honor de Santa María, construida durante los siglos XIV y XV, y cuyo actual maestro de capilla, don Aurelio Sagaseta —quien tiene ya casi cincuenta años al frente de la Capilla de Música de la Catedral de Pamplona— tuve el honor de conocer el día de mi llegada. El maestro Sagaseta, con baquiana experticia, nos dio un ilustradísimo paseo por los recovecos de la catedral, sorprendiéndonos a cada paso con las maravillas contenidas en este fabuloso recinto religioso y, con legítimo orgullo y bien pensado suspenso, nos preparó para el asalto final: el salón de ensayo de la Capilla, institución musical que data del siglo XIII y que alberga un invalorable archivo de música con obras hasta del siglo IX, además de contener toda la historia de la Capilla de Música. Luego de despedirnos del maestro Sagaseta, nos preparamos para disfrutar de lo que en Navarra es un acontecimiento social: la buena mesa. Pamplona está repleta de excelentes restaurantes con una oferta gastronómica de primer mundo y tenemos la fortuna de contar con un experto explorador en la materia: Jesús Arrastia. Al día siguiente, luego de un largo y merecido descanso, asistimos al Taller de Música Coral, evento anual que organiza la Federación de Coros de Navarra y que en esta ocasión congregó a más de sesenta participantes provenientes de diferentes lugares de la provincia y del Coro de la Federación, quien también lidera nuestro querido amigo Gorricho. En cuatro jornadas de trabajo, dos para el sábado 8 de mayo y dos para el domingo 9, transcurridas en la hermosa sede del Orfeón Pamplonés, institución que ya alcanza más de ciento cuarenta y cinco años, trabajamos las siguientes obras: O magnum mysterium (César Alejandro Carrillo), Encuentro (César Alejandro Carrillo y Fernando Paz Castillo), Alfonsina y el mar (Ariel Ramírez y Félix Luna, arr. Hugo César de la Vega) Corazón coraza (Beatriz Corona y Mario Benedetti) My Lord, What a Mourning (Negro spiritual, arr. William Levi Dawson) y San Juan to’ lo tiene (Eduardo Serrano, arr. César Alejandro Carrillo). Fue para mí, como para todos los entusiastas y ávidos participantes, una experiencia muy vital y enriquecedora, en un ambiente de cordial camaradería e impregnado siempre de buen humor. De ella me llevo un grato e inolvidable recuerdo, no sólo por las vivencias musicales sino también por la intensa relación establecida con Pamplona y con unos nuevos, inolvidables y entrañables amigos. ¡Hasta la próxima, Pamplona!

VOCAbuLarieS. Bobby McFerrin (2010)

¡Bobby lo hizo de nuevo!

¿Qué más se puede decir del genio indiscutible de Bobby McFerrin? ¡Pues, es muy difícil! Luego de una multifacética y siempre solvente carrera de más de treinta años en el asunto como cantante, director y compositor, McFerrin no ha perdido nunca la habilidad de asombrarnos cada vez. Y en esta oportunidad, el gran gurú, no sólo de la música vocal sino de La Música en general, nos ha sorprendido nuevamente con su último álbum VOCAbuLarieS. El universo sonoro que McFerrin comenzó a explorar con Medicine Music (1990) y Circle Songs (1997), se amplia en este nuevo álbum, pleno de sonoridades corales y orquestales que rayan en algunos momentos con el Impresionismo, con la música del lejano oriente, la árabe, la africana, la música de Europa del este y pare usted de contar. Con la colaboración inteligente del compositor, arreglista y productor Roger Treece y de cincuenta cantantes de diversas partes del planeta, los cuales fueron grabados uno por uno y en pequeños grupos para conformar un coro virtual, y con una capacidad para recrearse y recrearnos constantemente, lo cual no es nada fácil, McFerrin nos brinda una música que, en definitiva y desde hace mucho rato, ya no tiene nada que ver con los cánones de la música comercial. Lejos quedaron los días de Don’t worry be happy. Bobby McFerrin, diez veces ganador del Grammy, ha trazado y sigue trazando los nuevos derroteros, el nuevo Camino de Santiago para la música vocal sin fronteras del siglo XXI. Ahora bien, así se lo habrá pensado Bobby ocho largos años, porque en todo este tiempo nos hemos estado preguntando: ¿cuándo y con qué nos sorprenderá nuevamente? Pues bien, la respuesta se ha hecho esperar y la recompensa ha sido con creces, un álbum repleto de ideas originales y que a medida que vamos avanzando en su audición nos hace preguntar ¿y ahora, qué vendrá?

 

 

Entrevista en la revista «Sala de espera»

Comparto con ustedes esta entrevista publicada en la edición de noviembre (2009)

 

 

MI RELACIÓN CON EL DIOS CRISTIANO ES A TRAVÉS DE MI MÚSICA SACRA

Viernes, 06 de Noviembre de 2009

 

 

César Alejandro Carrillo hace del canto un misterio audible entre sus coros. Cree que cantar es un acto de amor. Con la fundación de Cantarte en 1991, se propuso difundir la música religiosa a capella. Próximamente, obsequiará 35 minutos de música vocal pura en los que reproducirá, nuevamente, el «Magnificat» del estoniano Urmas Sisask

Por Lorena Briedis

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El viento empuja el silencio y lo enreda en las palmeras de la Universidad Central de Venezuela. Ellas lo reciben y muy erguidas emulan una tonada de lluvia que se escucha desde una oficina al lado de la sala de ensayos del Orfeón Universitario, que César Alejandro Carrillo dirige. Custodian el cubículo las fotografías de Vicente Emilio Sojo, Evencio Castellano —autor del himno del Alma Mater—, Vinicio Adames y Antonio Estévez —fundador del grupo coral—. En los jardines, los estudiantes presencian el aguacero sin mojarse, con los paraguas cerrados, porque el silencio sobre las palmeras es sólo eso, música, una catástrofe inofensiva.

«¿Está lloviendo, verdad?» pregunta aquel maestro sencillo, casi monacal, a quien también lo había confundido aquella sonata. Silencio, viento, palmas, lluvia… ¿En cuántas gargantas no habrá él hecho posible un milagro semejante? ¿Qué tipo de fe le permite a un hombre penetrar tal misterio? «Dios está allá afuera, con los árboles», dice desde su oficina mientras cree que llueve. «Yo veo la religión de otra manera. Yo creo que está en la naturaleza y con el semejante». Para el director del Orfeón Universitario, su arte es su oración. «Mi relación con el Dios cristiano es a través de mi música sacra». Lo dicen sus ojos claramente y sin sermones en la transparencia fontanal de sus lentes. Lo dicen sus manos, que han repartido la música de sus coros como el pan y la han multiplicado entre sus voces como peces.

Los primeros movimientos de la dirección coral los descubrió intuitivamente a los 17 años, en los colegios de monjas. En Guarenas, cinco años atrás, ya había aprendido mucha de la carpintería de la interpretación musical con un conjunto de gaitas que él y algunos amigos de su cuadra improvisaron, pero que sobrevivió varios años más que el edificio que les dio nombre, Charaima, el cual, tal y como recuerda, se había caído «como un cerro de panquecas» en el terremoto del 67.

Pero un autobús, en tantos ires y venires de la casa al liceo y del liceo a la casa, lo atrajo a nuevas amistades y, finalmente, lo sorprendió con una ruta inesperada, Grupo Vocal Gesta, un quinteto de música popular venezolana y latinoamericana cuya experiencia le dio sintonía a Carrillo para inscribirse en la Escuela Superior de Música José Ángel Lamas. Allí estudió teoría y solfeo, dictado musical, armonía, violoncelo e historia de la música: esos fueron sus primeros votos.

Sin embargo, el llamado de ese buen dios que está en la música como en todas las artes estremeció a Carrillo durante su infancia a los 5 ó 6 años, en Higuerote, en casa de su abuela materna, donde solía ir de vacaciones a pescar y a bañarse en el río. Aquel llamado era el sonido nocturno y palpitante de los tambores de Barlovento. «Yo me quedaba despierto. No dormía porque quería escucharlos. Ése creo que es el recuerdo musical más remoto que tengo. Ese sonido siempre está allí y a veces vuelve». A partir de entonces, quedó suspendido en ese embrujo insomne que fue para él la música.

César Alejandro quiso seguir aquellos pálpitos trepidantes de los tambores de Barlovento, quiso escribirlos, recrearlos y transformarlos con el deseo de quien tiene en sus manos una piedra maleable en la que intuye las dimensiones de una catedral. Así supo que quería ser compositor, quizá, para salvar las claves de aquella fantasía musical de la infancia que aún lo recorre. De modo que estudió dirección y composición. La primera, en el Instituto Universitario de Estudios Musicales (Iudem); la segunda, en la Escuela José Lorenzo Llamozas, bajo la tutoría de quien considera su maestra, Modesta Bor.

«El compositor —testifica Carrillo— puede escuchar melodías que no existen. Yo puedo imaginar música y luego verificar en el piano que lo que estoy oyendo existe. Yo creo que es parecido a lo que le puede ocurrir a un pintor cuando imagina los colores de un cuadro y luego los va modificando en el lienzo». Silencio. Mucho silencio. Luego un viento inspirador que lo empuja sobre las ramas de los árboles, sobre las palmeras de nuestro trópico. César Alejandro Carrillo pudo haber imaginado aquella melodía en el tráfico, en un vagón del metro y luego colocarse delante de alguno de sus coros y haber confirmado que la lluvia existe. «Esa audición interna la logras con el tiempo; el poder escuchar música sin música», lo asegura en la evocación de esa clausura interior que es el silencio, del que han nacido composiciones que lo han hecho merecedor del Premio Municipal de Composición en cinco oportunidades (1984, 1988, 1992, 1998, 2000) y del Premio Nacional de Composición en dos (1982, 1991).

La música de Carrillo viene de la noche, de las emociones, de la necesidad de conmover al público y de comunicarle algo. «Hay gente que va pasivamente a los conciertos. Ése es el final del arte, cuando la gente no se involucra porque, entonces, el hecho comunicacional no se completa». Muchas de las composiciones provienen de un embrión poético, de algún texto que reescribe luego sobre un pentagrama con los jeroglíficos vibrantes del alfabeto musical. Carrillo considera que su mejor pieza es la que siempre está por hacer y que, cuando un compositor se sienta a desarrollar una obra, debe seguir el evangelio del argentino Astor Piazzola: «Él decía que uno tiene que componer para sí mismo. Y es cierto. La satisfacción personal es suficiente, pero para eso hace falta ser muy autocrítico». Además de dedicarse a la composición y a la dirección coral, Carrillo ha sido arreglista de grupos como Serenata Guayanesa y, actualmente, trabaja también como tal para Bolanegra, conjunto vocal dedicado a la música popular del cual es también fundador e integrante.

«Huele a corcho», advierte y abre el aula de ensayo del Orfeón Universitario con las llaves que le han confiado cuarenta años de dedicación musical. César Alejandro Carrillo ha escuchado y ha hecho cantar en esa sala desde el año 1992, cuando comenzó como asistente de dirección de la coral ucevista, presidiéndola no sólo en Venezuela sino en el resto de América y de Europa, así como en la remota Asia.

Afuera redobla el aguacero artificial en las palmeras. «Al hacer música, el hombre se aproxima a la naturaleza, al entorno que lo rodea. Cantar es una forma de conectarse con el otro y consigo mismo. Es un acto de comunión», testifica. De salida, antes de cerrar la sala, hace notar un cuadro de Onofre Frías con un epígrafe de Eugenio Andrade: No oigas el ruiseñor. O la alondra. Es dentro de ti donde toda música es ave. Ése es el sacerdocio de César Alejandro Carrillo: escuchar esas aves profundas y hacerlas cantar en otros hombres. Así también se ora.

El domingo 29 de noviembre, a petición del público, Carrillo obsequiará 35 minutos de música vocal pura en los que reproducirá, nuevamente, el «Magnificat» del estoniano Urmas Sisask en la Iglesia del Colegio María Auxiliadora en Altamira, a las 5 pm. Y el sábado 5 de diciembre, en el mismo lugar y a la misma hora, bautizará el último disco de Cantarte, Totus tuus, y ofrecerá un repertorio de algunas de las piezas marianas que componen el trabajo con las que también ha querido elevar una oración enamorada.

 

Fotografía: Laura Morales Balza


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